MÓNICA LÓPEZ VELARDE ESTRADA
CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

 

 

No son las cartas de amor dirigidas a su pasión de juventud, Alejandro Gómez Arias; ni las misivas resultado de la atormentada relación con Diego Rivera; ni caligrafía incrustada al óleo de lienzos y láminas de cuadros luego miles de veces reproducidos; ni dedicatorias, ni poemas descubiertos en su insólito Diario. Se trata nada menos que de la correspondencia que Frida Kahlo escribió a Dolores Del Rio, hecha el parte “de primera mano” en un momento trascendental de una historia privada, de un estado de ánimo y de una emoción de la más célebre de las pintoras de nuestro tiempo, papeles resguardados en el Centro de Estudios de Historia de México condumex. Este icono universal del arte dejó en sus Escrituras uno de los capítulos más singulares de lo que Raquel Tibol  llama literatura confesional e intimista del siglo XX mexicano.

FRIDA RIVERA

Un telegrama de la pintora fechado en la Ciudad de México en 1939, con destino a Santa Mónica, California, comienza con un: Dolores linda. En él la artista le pide prestados a la actriz 250 dólares, dinero que pagaría en dos meses. Sin más protocolo ni explicación, le suplica a la diva que se lo envíe a Coyoacán, a la conocida Casa Azul, hoy Museo Frida Kahlo, en Londres número 127. El mensaje –mecanografiado y pegado en otro papel– está firmado: Frida Rivera.

Frida se casó con Diego el 22 de agosto de 1929. La historia recurrente dice que se conocieron en San Ildefonso en 1922. Rivera trabajaba el mural La creación en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, donde Frieda –como le llamaban en esa época sus compañeros– estudiaba. Lo que es un hecho es que se encontraron en 1928 cuando Kahlo ya era pintora.


Para entonces había realizado el primer autorretrato que le dedicara a Gómez Arias; había pintado en cantinas; había trabajado con el Método de dibujo de Adolfo Best Maugard, y había incursionado en la factura estridentista con Retrato de Miguel N. Lira. Cuando se unió con Rivera se ocupaba de su segundo autorretrato, El tiempo vuela, en el que ya mostraba un agudo estilo cuando hizo de sí misma un motivo de admiración, en palabras de Tibol.

Hacia 1940 había transcurrido una década del enlace con uno de los pintores más famosos en México y en el extranjero y ella misma era ya una notoriedad. Tibol la describe:

Era un reactor de alto potencial que emitía descargas constantes. Conocía la vivencia más profunda de eso que llamamos entusiasmo. Necesitaba la exaltación que se trenza con el amor, la alegría y la verdad. Ornamentaba la verdad, la inventaba, la desmenuzaba, la extraía, la provocaba; pero jamás la tergiversó. Era crédula; creía en la gente, en su palabra, en su historia, en su posibilidad, en sus sueños, en su calidad. Era celosa; celaba sus pasiones, su odio, su singularidad. Hizo de sí misma un motivo de admiración para los demás… Si en esa actitud hubo vanidad, capricho y hasta cierta insolencia, jamás cayó en la necedad o en la soberbia; fue un punto de apoyo para su rebeldía ante la desgracia. La influencia de Rivera en su propia creación pictórica era circunstancial, nula en lo fundamental.

Entre Dolores Del Rio y el matrimonio Rivera-Kahlo existió una muy buena amistad. La estrella de cine posó para el muralista en 1938.

 

En ese año el pintor de alcatraces realizaba el gran óleo de Lupe Marín frente a un espejo.

Para el de la famosa dama avecindada en Estados Unidos, reconocida por su elegancia, eligió un formato pequeño en el que aparecería con una sencilla falda lila y una blusa blanca tipo campesina –atuendo que le habría prestado la excéntrica mujer del pintor–. La obra, que se expusiera en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, hoy es parte del acervo del Instituto Nacional de Bellas Artes.



COYOACÁN, MARZO 1940

El 17 de septiembre de 1925 un accidente marcó física y emocionalmente la vida de Frida Kahlo. El camión en el que viajaba fue alcanzado por un tranvía. Un hierro le atravesó el abdomen, le lastimó la columna vertebral, la pelvis y la matriz. En parte, su biografía artística se convierte en un relato clínico. A partir de este evento es internada en la Cruz Roja por tres meses y seguirá una historia de operaciones y convalecencias. Quince años después, para 1940, la autora de Unos cuantos piquetitos (1935-36), había pasado por tres abortos; le diagnosticaron deformación congénita en la columna; sufrió varias intervenciones en el pie izquierdo; padeció úlcera trófica, nerviosismo y anorexia. Vinieron análisis profundos de huesos y de piel. Los trastornos renales eran acompañados de fiebres muy altas. Y comenzaron sus célebres dolores de columna. Este estado de salud necesitó solvencia económica y metros y metros de lienzo donde expresar el sufrimiento.

En este sentido habría que prestar atención en lo que le interesa a Teresa del Conde cuando habla de la verdad biológica en la iconografía de Frida. Abunda: Su existencia transcurrió bajo parámetros que se apartan de lo convencional y vulgar, sostuvo una lucha sin tregua para sobrevivir y su lucha no tuvo como fin consciente el que su memoria perdurase trasmutándola en inmortal.


En este mismo sentido confirma Tibol: Frida es una paradoja definitiva para ejemplificar el poder de la rebeldía ante el destino, del triunfo de una actitud, de la belleza del ser consciente, de la voluntad tendida como flecha contra un destino adverso.

En otra carta a Dolores Del Rio firmada Frida –ya sin el Rivera–, continúa la historia del telegrama. La pintora le comunica a la actriz su preocupación por no haberle pagado aún la deuda de los 250 del águila. Le solicita que espere pues ha concursado por la beca Guggenheim con la que estaría en posibilidad de mandarle cada mes 100 macanas, y así cubrir los fierros que le debía.

¿Problemas económicos? En el verano de 1939 Frida y Diego se separaron. El trámite de divorcio culminó a fines de ese año. Este escrito que presentamos es fuente primordial para conocer su estado emocional durante esta soltería:
Dirás que soy abusiva, pero tú debes comprender linda que después del divorcio de Diego me ha costado mucho trabajo nivelar mis gastos pues no quise admitirle ni un centavo a pesar de que él me lo propuso.

Un dato más para la historiografía de la pareja:
Diego me habla por teléfono de vez en cuando y nos vemos poco. Me ha hecho sufrir tanto que no puedo perdonarlo fácilmente, pero todavía lo quiero más que a mi vida, él lo sabe bien y por eso se encaja, ya sabes que es como un niño malcriado.

Mujer combativa, solicita a su acreedora tenerle paciencia para reponerle el dinero. Está por realizar una exposición en la  Julien Levy Gallery de Nueva York. Este espacio había presentado con éxito, en 1938, veinticinco obras de la mexicana con un catálogo escrito nada menos que por André Breton.

Antes de despedirse con escríbeme chula y aquí te mando mil besos, Frida se refiere a lo que será una de sus obras más enigmáticas: Me dio gusto que te haya gustado la pinturita de las encueraditas.

 

Un óleo sobre lámina de 1939 conocido como La tierra misma o Dos desnudos en un bosque, regalo para la actriz.

A nuestra protagonista no le otorgaron la subvención del Guggenheim y la muestra en la Julian Levy Gallery nunca se realizó. No sabemos si finalmente pagó su deuda. Pero a fines de 1940 se reconcilió con Diego y el 8 de diciembre celebró sus segundas nupcias para festejar los 54 años del pintor.

Frida Kahlo vivió 14 años más. Su estado de salud empeoró de manera constante y, al parecer, también sus problemas económicos. Dan cuenta de ello dos cartas más que conserva CONDUMEX, firmadas por la autora de lo que algunos llaman icono sacro universal –se refieren al cuadro Las dos Fridas.



Frida Kahlo (1907-1954) Documentos del Centro de Estudios de Historia de México CONDUMEX, donados por Lew Riley, gracias a la gestión de Felipe García Beraza: Carta dirigida a Dolores Del Rio | Ciudad de México, marzo de 1940 | Manuscrito | Fondo MMXIV, Carpeta 2, Legajo 165 Telegrama dirigido a Dolores Del Rio | Ciudad de México, 27 de septiembre de 1939 | Impreso | Fondo MMXIV, Carpeta 2, Legajo 159

Frida Kahlo | La tierra misma o Dos desnudos en un bosque | 1939 | Óleo sobre lámina de metal | 25.1 x 30.2 cm | Mary-Anne Martin Collection, Fine Arts, Nueva York, EE.UU.

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