DE LA COLECCIÓN DE MUSEO SOUMAYA

Laocoonte y sus hijos

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GABRIELA HUERTA TAMAYO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

[…] Las serpientes fueron directamente hacia Laocoonte.
Primero, cada una de ellas se enredó alrededor del cuerpo
de los hijos pequeños del sacerdote,
apretándolos fuerte, envenenándolos
[…].
Virgilio, La Eneida (II, 59-70)


Hace más de tres mil años hubo una larga guerra, la de Troya. Dos grandes pueblos se enfrentaron durante diez años y el conflicto no parecía terminar. Los troyanos protegieron su ciudad y los griegos lanzaron su última carta antes de decidir abandonarla: engañar a sus enemigos. Construyeron un monumental caballo y lo dejaron como regalo ante la puerta de la ciudad. Los troyanos discutieron si debían aceptarlo como un signo de paz y ofrenda para los dioses. Laocoonte, el sacerdote, se encontraba ahí con sus hijos. Rechazó el obsequio. Intempestivamente dos serpientes emergieron del océano y lo devoraron con sus hijos.

Los troyanos se olvidaron de Laocoonte y, engañados, festejaron el término de la guerra. En la oscuridad, Odiseo y sus hombres salieron del caballo para abrir las puertas de Troya y darle la victoria a los griegos.

En el siglo I a.C., durante el Helenismo, una de las artes privilegiadas fue la escultura. En Rodas se cultivaba con maestría; a esa escuela pertenece el Coloso de Rodas, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y el grupo conocido como Laocoonte y sus hijos. Tres artistas concibieron esta última escultura: Agesandro, Polidoro y Athenodoro. La obra quedó sepultada por el tiempo hasta que, en el Renacimiento, fue descubierta: en 1506 fue desenterrada sin el brazo izquierdo.

 

Desde entonces se encuentra en los Museos del Vaticano. Miguel Ángel había sospechado que la extremidad tenía que estar doblada, pero en 1525 cuando se encargó una versión completa en mármol, el italiano Baccio Bandinelli la completó con el brazo faltante extendido. El bronce de Museo Soumaya proviene de este mármol y fue vaciado por Fonderia Storica Chiurazzi, en Nápoles. El arqueólogo Ludwig Pollack, en 1905, identificó el brazo faltante y con él se reconstruyó la pieza original.

Para la crítica, para la estética y para la historia del arte esta obra fue un punto de referencia obligado. Pensadores como Lessing, Winckelmann, Goethe, Hegel, entre otros, escribieron muchas páginas de este grupo escultórico. Trataron la belleza, lo sublime, la armonía, la proporción… Hasta mediados del siglo XIX el arte griego fue el ideal que los artistas debían seguir, pero después hubo creadores como Rodin que representaron expresivamente el momento crítico del heroísmo, como hicieron los autores de esta escultura. El día de hoy jóvenes fotógrafos mexicanos nos comparten miradas contemporáneas para acercarnos al arte griego, el que se apega al conocimiento y representación de lo humano y de lo que implica la resistencia ante la muerte.





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