Presentar obras relativas al amor erótico y al amor místico en un mismo espacio podría parecer extraño cuando se trata de temas complementarios. En realidad, la vida mística no es una sublimación de la vida erótica sino que, por el contrario, toda pasión terrenal es un reflejo de la gloria celestial, porque el prototipo del amor está arriba y no abajo. Es más: los grandes contemplativos –como Juan de la Cruz, Ángela Foligno o Eduviges de Amberes– se expresan siempre en términos muy encarnados. Además, ¿no usó el mismo Hijo de Dios, para hablarnos de los misterios divinos, un lenguaje humano? Esta distinción entre lo profano y lo divino se traduce en eros y ágape, equivocadamente asociados con la parte física y espiritual del amor. Pero no se trata de antítesis. Ningún pasaje lo demuestra con tanta claridad como el episodio del encuentro entre Jesús y la Samaritana (Jn 4, 4-29). Regresando de Judea, el Nazareno toma un descanso cerca del pozo de Siquar, en Samaria. Al observar a una mujer que extraía el agua, Jesús se acerca y le pide un poco, iniciándose entre ambos un emblemático diálogo. Es necesario recordar que, para la tradición bíblica, el pozo es un símbolo del encuentro amoroso. De hecho, fue cerca de uno donde Isaac conoció a Rebeca, Jacob a Raquel y Moisés a Séfora.
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El agua del pozo es un símbolo del amor que uno recibe antes de poder compartirlo. Pero, en la Escritura, el agua tiene también un sentido ambivalente. El segundo día de la creación, relata el Génesis, Dios separó las aguas de arriba de las de abajo. Fieles a nuestra interpretación, podemos hacer un paralelismo obvio entre eros, «las aguas de abajo», y ágape, «las aguas de arriba». Encontramos la misma distinción en la boca de Jesús cuando declara a la Samaritana: El que toma de esta agua volverá a tener sed, mientras que el que toma de la que yo le dé, no conocerá más la sed. Con un gran sentido práctico, la mujer, extenuada por la pesada tarea, le contesta: Dame pues de esta agua, para que no tenga que volver aquí todos los días. Este diálogo anodino toma entonces un sentido peculiar. Más que de sus fatigas físicas, la mujer se está quejando de sus penas de corazón. Sacar agua del pozo significa «acudir siempre a los placeres de eros, sin lograr calmar su sed de amor». Y esta comprensión se confirma por la respuesta que le da Jesús, la cual no parece estar vinculada con la sentencia anterior:Ve y regresa con tu marido. La mujer pretende no tener esposo y Jesús revela el secreto de su vida, poniendo en evidencia que ya tuvo cinco. Sin embargo, Jesús no la condena.
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