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ALREDEDOR DE LAS CUATRO DE LA MAÑANA DEL DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE DE 1810, EL CURA MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA, IGNACIO ALLENDE Y JUAN ALDAMA, CONVOCARON A CRIOLLOS, MESTIZOS, INDÍGENAS Y CASTAS AL TOCAR LA CAMPA DEL TEMPLO PRINCIPAL. CON EL CÉLEBRE GRITO DE DOLORES Y BAJO EL AMPARO DE LA VIRGEN DE GUADALUPE, EL PUEBLO COMENZÓ SU DIFÍCIL PROCESO DE INDEPENDENCIA DEL GOBIERNO ESPAÑOL. |
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A UN SIGLO DE DISTANCIA
Luego de la lucha entre liberales y conservadores que caracterizó a la realidad decimonónica, durante el gobierno del general Porfirio Díaz Mori se logró la tan ansiada estabilidad política del país. Once años antes de conmemorar el centenario de la gesta de Independencia, el general, su gabinete, pero sobre todo el pueblo, cuidadosamente vigilaron los preparativos de las fiestas, que recordaban el sufrimiento por la sangre derramada que le dio a la Nación su libertad. Estas palabras de don Justo Sierra, muestran el compromiso de unos festejos que más allá de la fiesta, implican la memoria lúcida de la Patria.
Mientras tanto, en 1908 el presidente llegaba a una encrucijada sin retorno: México había alcanzado la madurez para la democracia –como el propio Díaz señaló en una plática sostenida con el periodista norteamericano James Creelman– y por ende, podía prescindir del anciano dictador que habría dirigido su destino por más de tres décadas. En palabras del general y político Bernardo Reyes […] en los años de 1896 á 1900 […] se ocupa, […] de obras de perfeccionamiento en su administración, para preparar otras trascendentales que aseguren, para el futuro remoto, la marcha autónoma y libre de la nación. La República Mexicana poseía una sólida inversión extranjera, líneas de telégrafo y ferrocarril, crecimiento urbano y modernización, con altos costos sociales. Las fiestas del Centenario sólo se verían obstaculizadas por el estallido de la Revolución Mexicana en noviembre de 1910. Como afirma el investigador J.H. Cornyn: Mientras el México porfiriano agonizaba víctima de sus inmensas contradicciones, el general Díaz preparaba el escenario para el paradójico festejo por nuestra Independencia. |
LA CELEBRACIÓN Y EL NUEVO ROSTRO DE LA CIUDAD DE MÉXICO
[…] Se siente mayor necesidad de seguridad cuanto más se eleva la civilización, cuanto más se multiplican y crecen las industrias, y aumentan las riquezas de un país; esa seguridad es condición y consolidación que requiere su progreso. El amparo del ejército, la protección del elemento bélico, son, pues, necesarios para el cultivo de todas las otras artes, para la tranquilidad indispensable al encumbramiento de las ciencias, para dar garantía á los cambios y transformaciones que ejecuta la riqueza de los pueblos […].
Con estas palabras Bernardo Reyes, en un ensayo biográfico, realizó una auténtica apología del presidente a través del recuento minucioso de los hechos que tuvieron lugar en México durante su gestión.
Al dirigirse al general Díaz, el antiguo gobernador de Nuevo León exaltó la embajada internacional que llegó a nuestro país para los eventos: […] Recordar vuestra gestión administrativa
[…] con ministros tan eminentes y patriotas como los que hoy nos honran con su visita á esta ciudad, y con su presencia en esta fiesta; recordar esa magnífica gestión gubernamental vuestra, en México, que se sentía anhelante del bienestar que produce el trabajo […]. |
Carné para el baile en el Palacio
Nacional para los festejos del primer
centenario del inicio de la Independencia
de México
23 de septiembre de 1910 |
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Las celebraciones implicaron una auténtica transformación de la capital. Bajo las directrices del arquitecto Antonio Rivas Mercado y del célebre italiano Adamo Boari, la ciudad participó y abrazó la construcción de espléndidos edificios que se convertían en baluarte de la tan ansiada modernización promovida por el régimen bajo el lema: orden y progreso. |
El Palacio de las Bellas Artes en sustitución del Teatro Nacional, con su despliegue de estilos arquitectónicos como el Nouveau para su fachada y más tarde, el Art Déco en el interior –que fueron importados de Europa y en especial de la Francia de vanguardia–, se retomaron rasgos mesoamericanos, como el maguey, el maíz o los caballeros águila del pueblo mexica. Así se cristalizó el nuevo bastión de mármol, como lo llamara el general Díaz, que le dio a la Ciudad de México, un espacio cultural a la altura de las grandes urbes europeas. Asimismo, el Paseo de la Reforma, antes Paseo de la Emperatriz, se trasformó según los ideales del cientificismo porfiriano, bajo la ideología francesa que impuso el barón Hausmann en el París decimonónico: grandes bulevares arbolados, fuentes, plazas y esculturas. En el corazón se levantó la columna de la Independencia proyectada por Boari y realizada por Rivas Mercado. Las alegorías de la Paz, la Guerra, la Justicia y la Ley de Enrique Alciati, iban acompañadas por la estatua áurea de una Niké o victoria alada con corona de laurel y la cadena rota en sus manos que evoca la libertad. Como apunta Hubert Howe Bancroft: […] el monumento a la Independencia es un símbolo citadino, la imagen que remata la columna fue tomada por los habitantes de la ciudad como su ángel protector […].
El banquete y los bailes con motivo del festejo de 1910, hacían brillar el acontecimiento. México se desbordaba para conmemorar el centenario, y luego de la convocatoria nacional, la sociedad porfiriana –fiel al sistema y convencida de sus logros– se sumó a las celebraciones. |
INVITADOS DE HONOR
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M. B. Gilbert (1847-1910)
Round dancing
1890
Reprografía en Manual de baile |
La mirada del mundo contempló a nuestro país. Los obsequios de las naciones extranjeras son muestra de la admiración que el régimen porfiriano tenía allende nuestras fronteras. El reloj otomano de las calles de Bolívar y Venustiano Carranza; la estatua del barón von Humboldt que envió Alemania y que se encuentra la esquina de Isabel la Católica y Uruguay; la estatua de George Washington, regalo de los Estados Unidos de Norteamérica, que estuvo en la Colonia Juárez; el reloj chino de Bucarelli y la estatua de Luis Pasteur que mandó el gobierno francés, son sólo algunos de los monumentos que revistieron a las fiestas del Centenario. |
Más de veinte banquetes tuvieron lugar en Palacio Nacional y el Alcázar del Castillo de Chapultepec. Este pequeño carné que ostenta el águila nacional en la portada, nos acerca al ensueño de los bailes y las cenas de gala. Desde Museo Soumaya, el pequeño librito, con fecha del 23 de septiembre de 1910, señala los llamados bailes de salón para el evento más entrañable que conmemoraba la libertad. El Wals o vals, cuyo ritmo musical se originó en el Tirol austriaco para mediados del siglo XVIII, durante el México independiente cautivó a la aristocracia, y para principios de la centuria pasada aún era símbolo de abolengo. El moderno two-Step en realidad era una variante anglosajona de la polca. Por su parte, las Cuadrillas eran piezas musicales de origen galo con reminiscencias españolas, que nacieron del cotillón francés y después alemán. bailado en el siglo XVIII, por su herencia ligada a las contradanzas del Country dance inglés, en nuestro país fue sinónimo de vanguardia. Los lanceros y el tradicional Danzón retomaron el baile de cuadros: la pareja debía mantenerse en un espacio muy angosto y se acentuaba el movimiento sensual de las caderas. |
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Casa Forensa
Plato conmemorativo para el primer
centenario del inicio de la Independencia de México
1810
Porcelana policromada con filo y el
monograma de Porfirio Díaz en oro |
A esta singular invitación se incluye una libreta con lápiz, para que el portador anotara a sus compañeras de baile. Es posible leer aún el nombre de Teresa Valle, quien compartió una pieza extraordinaria con el hoy anónimo propietario del amarillento papel.
Para la cena que le siguió el emblemático baile, se mandó hacer una vajilla con el filete en verde, blanco y rojo, decorado con un delicadísimo filamento en oro. Este plato, en cuyo centro se levantaba al águila porfiriana, ostentó un regio chile en nogada. La compañía encargada para tal trabajo fue la prestigiada Casa Florensa. Propiedad del barcelonés Adolfo R. Florensa, con la mejor calidad y transparencia de la porcelana, se logró un diseño sobrio que enfatizara la dignidad del platillo que recibiría. |
El inicio y el fin del proceso de Independencia convivieron en la celebración. Del convento de Santa Mónica en la ciudad de Puebla de los Ángeles, las religiosas cocinaron ese manjar de herencia novohispana. Los chiles poblanos se rellenaron con distintas carnes, almendras, piñones, plátano, manzana, frutos secos y los secretos de la gastronomía virreinal. Bañado con salsa de nuez de castilla, lo adornaría el sabor ancestral de la granada. De esta manera, se recordaba el festín que se le ofreció al emperador Agustín de Iturbide en su entrada triunfal a la Ciudad de México y los vivos colores que el Ejército Trigarante legó a México. En aquella fiesta para celebrar un siglo del inicio de la Independencia, resonaron las palabras del mismo Iturbide: Ya os he enseñado el modo de ser libres, corresponde a vosotros encontrar el de ser felices. |
ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN |
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