CAPíTULO I:
MI NACIMIENTO Y MI INFANCIA
Yo nací el Domingo 8 de noviembre del año 1835 en México, capital de la Republica Mexicana. Con estas palabras se desvela el modo de vida de la élite decimonónica en nuestro país, que veía en el árbol genealógico el testimonio de su posición social. De ahí las constantes referencias a sus abuelos paternos de noble familia irlandesa […] [que] A fines del año 1700 […] pasaron á Nueva España (México). Reitera lugares y regiones como Grecia, Andalucía o la Rioja. Concha anotó: Estos datos de la familia […] los he adquirido en Europa.
La Iglesia católica abrazó la fe de liberales y conservadores: […] fui distinguida desde mi infancia por la Providencia, y mi bautismo, se inauguró en mi casa un Oratorio, y que con gran pompa fui bautizada, en él.
Numerosas citas a la historia de su padre muestran su carácter conservador en el quehacer político del país: [...] Mi Padre don Francisco María Lombardo fue un notable jurisconsulto, huérfano desde su infancia debió su brillante carrera a sí mismo y ocupó puestos elevados en diversas administraciones, particularmente en las del general Santanna á quien profesó una abnegación hasta el sacrificio. Figuró en el primer Congreso y fue perseguido por el Emperador Iturbide, por haberle aconsejado que no se coronace. |
|
Su madre, doña Germana Gil, también encuentra cabida en el relato de la autora. Refiere un pasaje conmovedor que alude a la hermosura que ella poseía:
El general Escobar que sirvió a mi esposo cuando estaba yo casada, me contó una anécdota que no carece de gracia, y que testifica la belleza de mi Madre. Siendo este señor Capitán, se encontraba un día de servicio de su cuartel, cuando vio de lejos á mi Madre que tenía que pasar por allí. Sin reflexionar las consecuencias que le traería su galantería gritó ¡”Soldados guardia, á formar”!
La tropa salió corriendo y se formó en línea y presentó las armas. Él, arrojando al suelo su quepí, dijo ¡”Que pasa el Sol”! Inútil es decir que el pobre Capitán fue a dar prisionero a un Castillo.
Su infancia fue marcada por la soledad: Puedo decir que cresi hazta los doce años como las plantas del de cierto […] En casa de mis Padres fuimos doce hermanos, seis varones y seis hembras; yo completé la primera media docena. […] Como eramos muchos hermanos y como por otra parte, la posición social de mi señora madre era tan elevada y sus deberes de sosiedad numerosos, nunca habian podido educarme en casa. A diferencia de sus hermanas mayores que asistieron al Instituto de señoritas, Mercedes y Concha se educaron en la Amiga (escuela primaria). La instrucción femenina no se comparaba con la de varones pues se reducía á la lectura, el catecismo del Padre Ripalda […] que nos obligaban á aprender de memoria como si fueramos Presas. |