La otra historia
Diario de Concha Lombardo de Miramón
–Segunda entrega–


La vocación de una mujer del siglo XIX por dejar testimonio de la vida y obra de su marido don Miguel Miramón y, con ella, la del México que vio nacer el Segundo Imperio Mexicano quedó reflejada en la entrega anterior. Doña Concepción Lombardo nos ofrece su diario, que hoy resguarda el Archivo del Centro de estudios de Historia de México CONDUMEX, en el Fondo DCCCII-2, de la colección 1859-1917. Como se narró en el prólogo, ella explica que por el general Don Santiago Blanco, uno de los numerosos prisioneros que el Gobierno Republicano tenía enserrados en la improvisada prisión del Convento de la Encarnación, ella comenzó esta aventura de tinta y papel.



CAPíTULO I:
MI NACIMIENTO Y MI INFANCIA

Yo nací el Domingo 8 de noviembre del año 1835 en México, capital de la Republica Mexicana. Con estas palabras se desvela el modo de vida de la élite decimonónica en nuestro país, que veía en el árbol genealógico el testimonio de su posición social. De ahí las constantes referencias a sus abuelos paternos de noble familia irlandesa […] [que] A fines del año 1700 […] pasaron á Nueva España (México). Reitera lugares y regiones como Grecia, Andalucía o la Rioja. Concha anotó: Estos datos de la familia […] los he adquirido en Europa.

La Iglesia católica abrazó la fe de liberales y conservadores:  […] fui distinguida desde mi infancia por la Providencia, y mi bautismo, se inauguró en mi casa un Oratorio, y que con gran pompa fui bautizada, en él.

Numerosas citas a la historia de su padre muestran su carácter conservador en el quehacer político del país: [...] Mi Padre don Francisco María Lombardo fue un notable jurisconsulto, huérfano desde su infancia debió su brillante carrera a sí mismo y ocupó puestos elevados en diversas  administraciones, particularmente en las del general Santanna á quien profesó una abnegación hasta el sacrificio. Figuró en el primer Congreso y fue perseguido por el Emperador Iturbide, por haberle aconsejado que no se coronace.
 

Su madre, doña Germana Gil, también encuentra cabida en el relato de la autora. Refiere un pasaje conmovedor que alude a la hermosura que ella poseía:

El general Escobar que sirvió a mi esposo cuando estaba yo casada, me contó una anécdota que no carece de gracia, y que testifica la belleza de mi Madre. Siendo este señor Capitán, se encontraba un día de servicio de su cuartel, cuando vio de lejos á mi Madre que tenía que pasar por allí. Sin reflexionar las consecuencias que le traería su galantería gritó ¡”Soldados guardia, á formar”!

La tropa salió corriendo y se formó en línea y presentó las armas. Él, arrojando al suelo su quepí, dijo ¡”Que pasa el Sol”! Inútil es decir que el pobre Capitán fue a dar prisionero a un Castillo.

Su infancia fue marcada por la soledad: Puedo decir que cresi hazta los doce años como las plantas del de cierto […] En casa de mis Padres fuimos doce hermanos, seis varones y seis hembras; yo completé la  primera media docena. […] Como eramos muchos hermanos y como por otra parte, la posición social de mi señora madre era tan elevada y sus deberes de sosiedad numerosos, nunca habian podido educarme en casa. A diferencia de sus hermanas mayores que asistieron al Instituto de señoritas, Mercedes y Concha se educaron en la Amiga (escuela primaria). La instrucción femenina no se comparaba con la de varones pues se reducía á la lectura, el catecismo del Padre Ripalda […] que nos obligaban á aprender de memoria como si fueramos Presas.




Memorias manuscritas de Concepción Lombardo de Miramón Capítulo I:
Mi nacimiento y mi infancia
FONDO DCCCII-2 t 1
1859-1917  
Col. del Centro de estudios de Historia de México CONDUMEX

Aquellos primeros años nos recuerdan el riguroso sistema de educación. Con triste memoria, refiere la experiencia que tuvo con la directora de la escuela al momento de su ingreso: [...] Como mi Señora Madre no pecaba por las dul/ zuras y como por otra parte yo me las merecía/ al entregarme [...] les dijo: “haz con ella como si fuera tu hija” ¡Ay de mí! Si mi madre hubiera comprendido el valor de aquella recomendación y todas las futuras torturas á que iban á sujetar, cierto que no lo hubiera dicho.

[...] El gran premio que se nos daba cuando éramos muy buenas y sabíamos bien nuestra lección era el ir á visitar a doña Pepita la grande y asistir á su almuer/zo. Yo temblaba al recibir este premio porque aquella optuagenaria fumadora, tenía los dedos hasta la palma de la mano, amarill[o]s del humo del tabaco […] mas de una vez recibi [de ella] una zurra de azotes con una disiplina de cuero que tenia colgada junto a su cama.

De igual modo, los valores de una sociedad y su muy particular visión del mundo se cuelan entre las líneas de doña Concepción Lombardo. en su decir: [...] El gran premio que se nos daba cuando éramos muy buenas y sabíamos bien nuestra lección era el ir á visitar a doña Pepita la grande y asistir á su almuer/zo. Yo temblaba al recibir este premio porque aquella optuagenaria fumadora, tenía los dedos hasta la palma de la mano, amarill[o]s del humo del tabaco […] mas de una vez recibi [de ella] una zurra de azotes con una disciplina de cuero que tenia colgada junto a su cama.

Los quehaceres cotidianos de las señoritas en la escuela remiten, indudablemente, a la situación de un México que hoy nos resultaría ajeno a pesar de ser entrañable. El caso del bordado, que comenzaba con el dobladillo de ojo –y con él, las primeras lágrimas y los primeros castigos–, al que seguían el lomillo, la copia de dibujos y el hilado en blanco, demuestra en las líneas de la autora el perfil de la otredad femenina decimonónica, misma que se conserva, a pesar de su anacronía, en el imaginario del mexicano actual. Concha Miramón comenta sobre estos bordados que: [...] aquello era un verdadero mosaico, pero de grandísimo mérito, pues que esos trabajos valen hoy fuertes sumas, y se de algunas Señoras que han/ bendido sus dechados por 100 y hasta por 200 pesos. [...] Yo concerbo aún el mío [...] y aunque me causa cierta satisfacción al ver mi obra, también recuerdo con horror los castigos y  lágrimas que me costó. Es interesante rescatar la figura del dechado en hilo –por su complicada elaboración y tiempo invertido en su factura– en el lenguaje popular mexicano: “es un dechado de virtudes”.

En cada línea del diario, el lector puede encontrar, como a través de una cerradura –gracias a una descripción minuciosa y atractiva– el anecdotario de una viuda. En el siguiente capítulo sobre su juventud y adolescencia descubriremos otro rostro de la sociedad del siglo XIX, donde cada anécdota despertará la vívida historia que conformó a nuestra nación mexicana.


ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | CURADURIA E INVESTIGACION


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