AMEDEO MODIGLIANI


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Por aquellos días apareció en la Butte Montmartre un joven elegante vestido con el traje de los artistas: terciopelo gris y bufanda al cuello. Venía de Florencia donde había estudiado dibujo. Sus ojos hacían estremecer a las bailarinas del barrio. Paseaba con la nariz en alto, un grueso cuaderno bajo el brazo. Bajaba por las calles inclinadas hacia la ciudad hundida en un humo azul. Frecuentaba las modelos y los clochards.
OLIVER DEBROISE. Diego de Montparnasse


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Un alma siempre atormentada. El mejor vestido, según Picasso, Modigliani condensó la imagen de la vida bohemia cuando París es una fiesta. Típico genio romántico, muerto de hambre en una buhardilla, víctima de las drogas y el alcohol; mujeriego empedernido, pintaba y esculpía con desvelo. Malbarató su obra en cafés y comisarías de policía; murió de tuberculosis muy joven; su mujer, embarazada por segunda vez, se suicidaba al otro día de su desaparición.

Recién entrado el siglo veinte, la ciudad luz fue el hervidero creativo donde se desarrollarían las vanguardias artísticas. Pintores, escultores y escritores llegaban a la capital francesa en busca de libertad. La reunión de personalidades, hoy sabemos, fue inusitada: Pablo Picasso, Vlaminck, Marc Chagall, Ossip Zadkine, Pierre Reverdy, Gertrude Stein, Max Jacob,

Modigliani en Florencia, Italia
1909
Fotografía: Archives légales Amedeo Modigliani
Tomada de Amedeo Modigliani. Retratista del alma,
revista Saber Ver, no. 16, octubre - noviembre 1998, pág. 2


André Salmon, Jean Cocteau, Ernest Hemingway, Guillaume Apollinaire, Henry Miller, Diego Rivera y Ángel Zárraga, aficionados de la discusión política y estética, debatieron en estudios, talleres y en el café La Rotonde las disyuntivas que dieron forma a aquella búsqueda del lenguaje para el nuevo arte: el cubismo –a partir de la revolución técnica y temática del impresionismo–, desplegará su originalísima manera de hacer ver la esencia de la realidad con una asonada visual sin precedentes.

En París –con aquel manifiesto común a las personalidades rebeldes de “escaparse” de todo lo artificial y convencional, fuga de la civilización–, el arte negro estuvo de moda. Fascinación por la mirada fresca de los primitivos, espejo de un alma colectiva libre de todo vínculo de esclavitud civil. Ahí está Gauguin que prestará oídos plenos a lo que llamará De Micheli las musas de la evasión: nativo de Tahití, muere en las islas Marquesas.

 

Lección formal del arte negro, el arcaísmo atrajo a los contemporáneos y Modigliani lo tradujo con un lenguaje que resultó único para la historia del arte en esculturas y retratos.

Modigliani y Rivera compartieron techo en el París de ese tiempo. El pintor mexicano solía darle refugio con todo y caballete en su austero estudio de Montparnasse. Fueron los años de la espléndida producción cubista de Diego. En 1915 realiza dos de sus mejores cuadros Paisaje zapatista y Retrato de Ramón Gómez de la Serna.

Del italiano son más conocidos sus desnudos femeninos y los retratos. Uno de los primeros que hizo en París fue a su amigo Diego y serán muchos modelos los que conformarán una galería de figuras alargadas de paleta simple. Un soberbio sentido de la vitalidad rítmica y gracia lineal. Largos cuellos como de cisnes; caras ovaladas con ojos almendrados. Entre todos los rostros, se conoce un solo autorretrato, datado en 1919, hoy colección del Museo de São Paulo: se trata del pintor retratado con su paleta.


¿PEDRO O AMEDDEO?

Fue la última vez que vi a Modigliani, ahogado en el suicidio de una mañana, con una viva tristeza al fondo de los ojos, descubriendo seres en camisa. su tranquilidad daba un aspecto milagroso al amanecer color ajenjo, un amanecer en medio del día, recorriendo la espina dorsal de las veinticuatro horas, que ponía sobre la mirada el vidrio que permite ver las anatomías.

 

 

Diego, Modigliani y Ehremburg en el taller de Rivera
 Tomado de Oliver Debroise, Diego de Montparnasse,
Fondo de Cultura Económica, México, 1985.


RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

Pedro el tipógrafo de Amedeo Modigliani tiene una procedencia impecable: de Leopold Zborowski, amigo y el último de sus marchantes. La pieza, hoy en la colección de Museo Soumaya, cuenta además con una larga  trayectoria en publicaciones y exposiciones en Europa y Estados Unidos.

De Pedro, como personaje, no sabemos nada hasta el momento. De la pieza, Phyllis Hattis asegura que debajo de la pintura está otra imagen, versión temprana del cuadro The Amazon (Mujer con chaqueta amarilla), y que sin duda en Pedro hay una cita del cuadro de Cézanne, Niño con chaleco rojo de 1888-90.

En últimas fechas, esta pieza se ha relacionado con aquella fotografía del pintor tomada en Florencia en 1909. Modigliani, sentado de tres cuartos y fumando, muestra su rostro de frente. Una caballera despeinada es agitada por el viento. Viste una camisa de manga larga y en el pecho, lo que parece un moño o corbata.

Amén de la coincidencia en las fechas, percibimos importantes semejanzas formales: en ambas –fotografía y pintura– el rostro del personaje exhibe una cara angulosa en forma de hexágono. Ceja poblada. Expresión contenida.


Amedeo Modigliani
Pedro el tipógrafo
c. 1909
Óleo sobre lienzo
55 x 46.5 cm

 

Se sabe que Modigliani trabajaba con rapidez, sin necesidad de corregir las líneas. Pintaba con veladuras y transparencias. Un análisis de luces infrarroja y ultravioleta nos permitió ver que la pieza, firmada en el extremo superior izquierdo, no tiene ninguna intervención posterior a su manufactura y que aquella mancha circular oscura en el pecho del retratado es una aplicación realizada en el momento en que se hizo la obra. Lo que corrobora uno de los procesos del autor en el que construía sus figuras con formas geométricas. Por ello resulta interesante ver cómo la sombra que, en la pintura nos llama la atención, es una parte no del todo definida en la fotografía.

Habría que seguir mirando a Pedro del Soumaya. Sin duda, tendrá algo más que contarnos.


MÓNICA LÓPEZ VELARDE ESTRADA  | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN


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