Venido
de una familia zapoteca, región de México que
conserva una fuerte urdimbre en las tradiciones indígenas,
Tamayo crea texturas y luminosidades nuevas para hablar de
lo mexicano. Sus cuadros presentarán una cosmovisión
de lo nacional con cierta influencia de movimientos modernos
europeos.
Los
años treinta son para el oaxaqueño tiempos de
cambios y definiciones. En su pintura las formas cobran mayor
autonomía y la gama será cada vez más
contrastada. No sólo por el encuentro de pigmentos
distintos, –además de óleo, gouache, vinelita,
acrílico, entre otros– sino por una sensible
modulación de tonos.
Ya
para 1930 Tamayo es Tamayo. Dibujará un nuevo sendero
estilístico. Lírico del color y en la invención
de mundos donde la sustancia pictórica repleta los
lienzos, su pintura tiene una factura inusitada para el ámbito
artístico nacional. Tal vez por eso dirá Octavio
Paz que Tamayo más que un hombre de ideas es un ser
de
actos pictóricos.
Para Xavier Moysén será un
sabio en el empleo del color. Juan Coronel Rivera
reitera, las
formas, el color, lo material, son algunas de las características
que influyeron en muchos artistas.
Realizó
cuadros de naturalezas muertas y lo hizo sin duda mirando
a Cezanne. Paráfrasis espléndidas del autor
francés con la reunión poética de objetos
que incitan nuestra emoción a partir de formas, texturas
y colores: sus frutas, naranjas, piñas, peras o sandías
provocan apetito visual.Territorio gobernado por lo sensorial:
Los privilegios de la vista.
Es
también en esa década que nuestro autor gustó
de retratar a mujeres del Istmo de Tehuantepec, vendedoras
de frutas, Homenaje a la raza india. Mujeres siempre marcadas
por su etnia. La belleza femenina dicha a través de
piel morena, grandilocuencia en sus cuerpos, redondos, frondosos,
apetitosos.