De Pitati, un veronés veneciano
__________________________________________________________________________________________________________

A veces, he sonado un poco el violín y vos sabéis, señor, cómo trema Venecia con la música y Arden las islas y las cúpulas. Antonio colinas

La sacra conversación
Ca. 1530-1550
Óleo sobre madera
Escuela veneciana
36.8 x 45.7 cm


Desde la caída de Constantinopla, Venecia estableció con el Imperio Otomano un monopolio comercial que la enriqueció con fastuosidad. La influencia turca y oriental fue tal en la ciudad que, para mantenerse italiana, el senado veneciano en 1411 trajo de Italia central a Gentile de Fabriano y Pisanello para la decoración del Palacio Ducal. Un siglo después, con Gianbellino, una escuela veneciana auténtica y original compite ya con la romana y la florentina y con el paso del tiempo consigue la supremacía en Europa.

Desde las cruzadas, la ciudad sobre la isla rindió culto especial a santa Catalina, princesa mártir de Alejandría famosa por el don de la elocuencia. Gianbellino, Cima di Conegliano, Tiziano, Palma, y el también veronese, Paolo Caliari, le rindieron homenaje a la patrona de los abogados en sus obras.


Educado en una ciudad que prefirió el amontonamiento en la isla, cuando al otro lado la tierra firme ofrecía un lugar más seguro y amplio para la vida misma, el mundo de exotismo y riqueza de Venecia se desborda en los lienzos de Pitati. Se sabe que nació en Verona, por eso se le conoce también como veronese; acerca de su vida se conoce poco, la obra habla de un estilo veneciano en toda su vitalidad.

El dibujo de Bonifacio no presenta el amaneramiento alargado de Parmigianino o del Greco, más bien se distingue por las formas sólidas de corpulencia excesiva, al estilo de su maestro Jacopo Negreti, el Palma. La sensación manierista la consiguió con el color, tonos intensos que llenaron su paleta. En 1528 su nombre aparece en un documento legal de Venecia, un testamento, lo que prueba que desde esa fecha ya vivía en este lugar.


Nació en uno de los más bellos años para la pintura, en aquella hora en que el cielo, con pródiga mano, distribuía las gracias en esta digna profesión. Ridolfi

La conversión de santa Catalina

El ecuentro entre santa Catalina y la Virgen se basa en una leyenda que el monje cartujo Pierre Dorland hizo popular a partir de la segunda mitad del siglo XV. En su lecho de muerte el rey Costo hizo prometer a su hija, Catalina, casarse con un hombre que la igualara en belleza y sabiduría. La madre, cristiana en secreto, llevó a su hija con un ermitaño, quien le habló de alguien que la superaba en todo y le presentó una imagen del niño Jesús en brazos de la Virgen. En el acto, Catalina se arrodilló ante el novio místico. En 1418 en una vidriera aparece la escena de la leyenda de Dorland. En este momento se convirtió al cristianismo.

La leyenda Dorada relata que la Virgen de Alejandría, hija de un rey, fue educada en filosofía y que el emperador Maximiliano la retó a un torneo filosófico. Asistida por un ángel, Catalina desafió a cincuenta doctores en filosofía cuyos argumentos refutó de tal manera que se convirtieron al cristianismo y fueron condenados a morir en la hoguera. Luego de este incidente, el emperador la envió a la cárcel donde fue atormentada en el potro y al final decapitada.

Las sacras conversaciones de Pitati
Palma creó un modelo que puso de moda en este género con un estilo elegante que no alcanzaron Tiziano ni Giorgione. En un ambiente ap-acible, distintos santos charlan con la Virgen mientras sostie-ne al niño sobre sus piernas. En formato apaisado, los personajes escuchan sentados o de rodillas, ya que de otra forma no cabrían en el lienzo. La Virgen enmarcada por las miradas de los otros es la figura predominante de la composición aunque no se ubique al centro.
Los personajes de Pitati, al estilo de su maestro, son individuos bellos y refinados que emanan cierto aire de coquetería. En la obra que Museo Soumaya exhibió durante el mes de agosto en Plaza Loreto concurren los rasgos del estilo de Bonifacio veronese. El manto de la Virgen de un rojo intenso resalta al centro de la composición que tiende a una gama cromática hacia los verdes. La Virgen, hermosa y joven, sostiene a su hijo que muestra un gran parecido con ella. El Bautista niño no está arrodillado, de pie acerca una vara a Jesús que la sostiene entre sus manos. Ambos están absortos en el juego mientras santa Catalina observa llena de asombro a su novio místico. A manera de corona y siguiendo la iconografía de la santa, lleva el cabello trenzado, en su mano izquierda carga un libro que alude a la educación que recibió y a su habilidad para convencer a otros; atraviesa este objeto la palma del martirio.

Existe otra sacra conversación de Pitati, en el Museo Metropolitano de Nueva York. Similar a la de Museo Soumaya, el artista la conformó con los mismos personajes –la Virgen María, el niño, el Bautista niño y santa Catalina– y añadió otros: Elizabeth, Zacarías y san José. El estilo del pintor se percibe en ambas obras y las diferencias principales se avistan en la expresión de la Virgen y de santa Catalina, más dulces en la obra de la colección mexicana, y que la conversación se da, en este caso, en un jardín a espaldas de una villa que se ve en la lejanía mientras que en la obra que se exhibe en Nueva York, en el interior de una casa.

En las obras de Bonifacio de Pitati confluyen escenarios de vegetación espesa, el lujo de las telas orientales, el colorido particular del sol veneciano y se adelantó en el uso de la arquitectura en la pintura a Paolo Caliari, otro veronés de Venecia.


EVA AYALA CANSECO |CURADURÍA E INVESTIGACIÓN



Regresar