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Mística
amorosa :
la celebración de la luz |
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DICHOSA ERES , MARÍA, PORQUE HAS PREPARADO AL SEÑOR UNA HABITACIÓN EN TU SENO. HE AQUÍ UNA LUZ DEL CIELO VENDRÁ PARA MORAR EN TI Y POR TU MEDIO ILUMINARÁ AL MUNDO
EVANGELIO DE PSEUDO MATEO
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Los Evangelios
Apócrifos profundizan en detalles que reflejan la tradición
oral de los primeros tiempos cristianos. Estos textos han sido
analizados y dimensionados a lo largo de los siglos y han llamado
la atención de muchos artistas que encontraron en ellos
un rico imaginario, fuente de inspiración para sus obras.
Los Apócrifos de la Natividad y de la Infancia están
conformados por seis libros: Protoevangelio
de Santiago, Evangelio del pseudo Mateo, Libro de la Natividad
de María, Evangelio de Tomás, Evangelio árabe
de la infancia y la Historia de José el Carpintero.
El texto del pseudo Mateo debe datar del siglo VI y fue el que
con mayor alcance se difundió en Occidente. En él
encontramos narraciones como el encuentro de los padres de María,
santa Ana con Joaquín, en la Puerta Dorada. Además,
relata cómo la Virgen –desde su nacimiento–
estuvo acompañada por ángeles, que incluso la
alimentaban. Le debemos las imágenes del buey y la mula
de la gruta –animalitos que siguen presentes en nuestros
pesebres y que ratifican las profecías de Isaías
y Habacuc.
No obstante, ni los reconocidos ni los apócrifos relatan
el encuentro de Jesús con su primo hasta que son adultos,
pero en obras como éstas, el simbolismo que esconden
bebe directamente de los textos que no llegaron a formar parte
de las Sagradas Escrituras. Esta magnífica tabla del
pincel de Filipino Lippi pertenece al quatrocentto, el siglo
XV de los reinos de la actual península itálica.
Como ya era tradición desde el siglo XIII, el artista
plasma a la Virgen María acompañada por Jesús
y san Juan Bautista. |
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El
maestro,marcado por el humanismo de la época, con extraordinaria
claridad combinó en sus pinturas los nuevos lineamientos
plásticos y los místicos sentimientos de la cristiandad.
Esta obra muestra la tradición de las escuelas artísticas
más importantes del momento, pues si bien Filipino nació
en la pequeña villa de Prato hacia 1457, pasó
gran parte de su vida en Florencia, hasta su muerte en 1504. |
De
su padre, el maestro Fra Filippo Lippi formado en Spoleto, se
aprecia el rompimiento de gloria en forma triangular, cuando
para la segunda mitad del siglo XV se manifestaba la presencia
divina como un haz de luz que penetraba en las habitaciones.
Un conjunto de angelitos flanquea el vértice que evoca
a la Trinidad. Los seres celestiales tienen distintas actitudes,
mientras unos hacen el ademán de cobijar el sentimiento
de María, otros oran por el destino de Jesús,
y otros más juegan con los brazos para formar una cruz.
De sus estudios con Sandro Botticelli se aprecia el tratamiento
de los cuerpos, sobre todo de las piernas de Jesús, eco
naturalista que hace de esta pieza una composición acorde
con los lineamientos aprendidos de su maestro. No obstante,
en general esta obra se distancia por tema de su primer periodo
y podemos afirmar que pertenece a su etapa de madurez, donde
se revela la contemplación de la escuela florentina.
El estilo Manierista aflora en el alargamiento de la figura
de la Virgen, los dedos esbeltos con separaciones bien marcadas,
el sutil manejo de paños y cabellos desordenados, que
evidencian el paulatino tránsito al Barroco.
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El pequeño Bautista
viste la piel de un camello, referencia iconográfica
a las pobres vestiduras
que portará cuando sea mayor y marche al desierto. La
cruz
de carrizo anuncia el sufrimiento final, las manos de san Juan
acercan al corazón tan portentoso emblema.
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Contemporáneo
de Leonardo Da Vinci, Lippi plasmó con maestría
el juego de luces y sombras. Los rostros y manos guardan la
mayor intensidad lumínica, mientras que en los pliegues
de las telas se aprecia el llamativo contraste. El paisaje que
se delimita por un horizonte alto, plasma a la Ciudad de Dios
–aquí presente a través de construcciones
renacentistas de altas torres, también símbolo
del poder y respeto de la naciente burguesía–.
La ciudad terrena está retratada con un árbol
–evocación del bien y del mal– y una gran
roca –símbolo de la aspereza de la vida mundana
y su sublimación a través de la penitencia–.
La profusión de detalles y la naturalidad de la carne
es además del gusto flamenco, un rasgo del arte florentino
del último tercio del siglo XV.
La iconografía de la tabla, como la de muchas obras de
este periodo, es muy compleja y llena de pequeños símbolos,
como código criptográfico para ser leído
con detenimiento. Toda la composición podría quedar
encerrada en pequeños triángulos: la piedra, los
pliegues del manto mariano, las piernas de Jesús; el
más importante de todos es el que forman los cuerpos
de María y su hijo. La repetición de esta figura
hace énfasis en el misterio que se revela.
El pequeño Bautista viste la piel de un camello, referencia
iconográfica a las pobres vestiduras que portará
cuando sea mayor y marche al desierto. La cruz de carrizo anuncia
el sufrimiento final, las manos de san Juan acercan al corazón
tan portentoso emblema. La curiosidad y transparencia de la
mirada se dirige a su primo, mientras María observa al
hijo con dulzura maternal. De hecho, dos suaves líneas
del manto de la Virgen continúan el recorrido visual
del espectador desde la cruz, hasta los rostros de la madre
y el niño. |
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1.-Filipino Lippi Virgen con el Niño
y san Juan Bautista Último tercio del siglo XV Óleo
sobre madera 71.7 x 48,8 cm
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ALFONSO
MIRANDA MÁRQUEZ | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN |
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