
ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN
Luego de cincuenta años de lucha entre liberales y conservadores que caracterizaron a la realidad mexicana del siglo XIX, durante el gobierno del general Porfirio Díaz Mori se logró la tan ansiada estabilidad política nacional, bajo el lema positivista de Auguste Comte: Orden y progreso. La modernización del país se unió con la red ferroviaria, y en las grandes urbes, por primera vez, las personas se comunicaban por el cable de un extrañísimo aparato llamado teléfono y la electricidad consentía los paseos nocturnos y la mirada atónita por las bombillas que alumbraban los kioscos.
En los albores de siglo XX, tal como ahora, intelectuales, historiadores, filósofos, políticos y estadistas encontraron en 1910 la coyuntura para insertar a México en el panorama internacional y mostrar la construcción de una patria sólida con grandes avances tecnológicos. La Pax Porfiriana–como apunta la investigadora María de las Nieves Rodríguez y Méndez– preconizaba una actitud conciliadora que vino a ofrecer al país una prosperidad económica que haría progresar a la nación hacia la modernidad y la tan ansiada democracia.
Así, con el propósito de organizar los festejos que habrían de celebrar el inicio de nuestra gesta libertaria, el 1 de abril de 1907, Porfirio Díaz creó la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia. Un ambicioso proyecto respaldado por las arcas nacionales y al que se sumaron personajes como Justo Sierra o Gabino Barreda, miembros del grupo de los Científicos, el más cercano al presidente. |
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Basado en el modelo francés para conmemorar el primer Centenario de la revolución de 1789, se abrazó la memoria de un pasado heroico, en un recorrido desde las civilizaciones
antiguas, pasando lista a los héroes patrios, y buscando sus correspondencias en el marco político contemporáneo.
Para 1910 muchos fueron los delegados traídos de distintas latitudes convocados para las inauguraciones de la Universidad Nacional, el Manicomio General La Castañeda, la Escuela Normal Primaria para Maestros, el Monumento a Benito Juárez y a la emblemática Columna de la Independencia. De igual forma, verbenas populares, funciones de teatro y desfiles revistieron al país de verde, blanco y rojo.
Asimismo, el reloj otomano de las calles de Bolívar y Venustiano Carranza; la estatua del barón von Humboldt que envió Alemania y que se erige en la esquina de Isabel la Católica y Uruguay; la estatua de George Washington, regalo de los Estados Unidos de Norteamérica que estuvo en la colonia Juárez; el reloj chino de Bucarelli y la estatua de Luis Pasteur que mandó el gobierno francés, son algunos de los obsequios de las naciones extranjeras que reconocían cien años de la emancipación mexicana de España. |
En la capital, bajo las directrices de los arquitectos Antonio Rivas Mercado y del célebre italiano Adamo Boari, se construyeron espléndidos edificios que serían baluartes del progreso porfiriano: el Palacio de Bellas Artes en sustitución del Teatro Nacional, el Paseo de la Reforma, antes Paseo de la Emperatriz, en cuyo corazón se levantó la columna de la Independencia con sus alegorías de la paz, la guerra, la justicia y la ley de Enrique Alciati, acompañadas por la escultura áurea de una Niké o victoria alada coronada por laureles y cadenas rotas en la mano que evocan la libertad. La modelo pudo ser Ana María Mazadiego Fernández y desde entonces, cariñosamente le llamamos el Ángel. |
Para los banquetes de recepción de los embajadores que tuvieron lugar en Palacio Nacional desde junio de 1910, Porfirio Díaz mandó hacer vajillas y cristalería a Francia. Los cubiertos de plata y los manteles de blanquísimo algodón eran mexicanos.
CRISTAL CENTENARIO
De arena cuárcica, óxido de potasio y menos de 15 por ciento de óxido de plomo, estos objetos de cristal superior, recogen la herencia, según Plinio el Viejo, de la Fenicia del III milenio a.C. Cualidades como dureza y mayor espesor, permitieron a los artistas franceses la decoración esgrafiada del águila nacional porfiriana.
Transparencia y dignidad denotaba, tras los banquetes, la licorera con tapón para el coñac francés añejado en toneles de roble, el preferido de la sociedad porfiriana desde el ocaso del siglo XIX. La copa licorera no necesariamente acompañaba el coñac. Su balón, es decir, la parte abombada, ofrecía a la bebida una amplia superficie para que al agitarlo se extrajeran los aromas. El tallo, por su parte, compensado con el tamaño del balón, facilitaba la sujeción. El pie, en armonía, le brinda estabilidad. |
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HISTORIA DE NUESTRO ESCUDO |
El mito fundacional mexica dice que Huitzilopochtil, el dios de la guerra, tras la salida los nahuas de Chicomoztoc –las doce cuevas– debían establecer su señorío en el lugar donde estuviera la señal divina. Desde su partida de Aztlán, tras un largo peregrinaje, hallaron en el lago de Texcoco, un islote donde un águila devoraba xoconoxtle, símbolo de la ofrenda de los corazones humanos.
Una de las primeras imágenes de este emblema aparece en el Códice Mendocino, hoy conservado en Oxford, Gran Bretaña. Luego de la conquista, Hernán Cortés solicitó un escudo de armas al emperador Carlos V. A partir de esa imagen, la heráldica de la Ciudad de México ostenta puentes y una torre custodiada por leones rampantes. El patriotismo criollo le sumaría un águila real de perfil con las alas extendidas.
Durante la guerra de Independencia al águila apareció coronada, mirando como ahora a su derecha. Para 1821, Agustín de Iturbide le solicitó al grabador José Mariano Torreblanca la realización de su escudo imperial. Entonces, el águila volvió a mirar a su izquierda y no perdió su corona. El pico sostenía por primera vez a la serpiente. El 12 de abril de 1823 se decretó: Que el escudo sería un águila mexicana parada en el pie izquierdo sobre un nopal que nazca de una peña entre las aguas de la laguna, y agarrando en el derecho una culebra en actitud de despedazarla con el pico, y orlen este blasón dos ramas, una de laurel y otra de encino, conforme al diseño que usaba el Gobierno de los primeros defensores de la Independencia.
Algunas variaciones mínimas en la posición del águila y los demás elementos se dieron durante la primera mitad del siglo XIX, sin embrago, el Segundo Imperio Mexicano, coronó al escudo y agregó de nuevo a los leones e inscribió el lema: Equidad en la Justicia.
En 1898 el águila real desplegaba de frente sus dos alas, perdía para siempre su corona y a los leones. Seguía mirando a su derecha y parada sobre nopales, se encontraba rodeado por ramas de encino y laureles.
En 1918, a instancias de Venustiano Carranza, el escudo debía usarse en todas las oficinas gubernamentales. Ahora el águila de mayor realismo, miraba a su derecha. El 5 de febrero de 1934, el presidente Abelardo L. Rodríguez encomendó al artista Jorge Encino encerrar al águila en un círculo de laurel y encino, y prohibió las reproducciones que no fueran autorizadas.
En 1968, el artista Francisco Eppens estableció las características del escudo que hoy conocemos. En 1984 entró en vigor la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales. […] constituido por un águila mexicana, con el perfil izquierdo expuesto, la parte superior de las alas en un nivel más alto que el penacho y ligeramente desplegadas en actitud de combate; con el plumaje de sustentación hacia abajo tocando la cola y las plumas de ésta en abanico natural. Posando su garra izquierda sobre un nopal florecido que nace en una peña que emerge de un lago, sujeta con la derecha y el pico, en actitud de devorar a una serpiente curvada, de modo que armonice el conjunto. Dos ramas, una de encino al frente del águila y otra de laurel al lado opuesto, forman entre ambas un semicírculo inferior y se unen por medio de un listón dividido en tres franjas que, cuando se representa el Escudo Nacional en colores naturales, corresponde a los de la Bandera Nacional.
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La copa de agua de tallo facetado, se rellenaba durante los almuerzos y el investigador Ricardo Valencia, afirma que don Porfirio gustaba de agua fresca conservada en ollas de barro, tal como la bebía en su infancia en Oaxaca.
Para el brindis final y sólo en algunas ocasiones como aperitivo, se utilizaban las copas de champán rosado, el preferido por doña Carmelita Romero Rubio. La esposa del general gustaba de añadir unas gotas de licor de rosas para perfumar la burbujeante bebida. Esta delicada copa olvida aquella tradición francesa, sin posible comprobación, de que el molde que dio forma a la primera copa de champán, se había tomado de un pecho de la reina Maria Antonieta, esposa de Luis XVI. Este ejemplo de balón alongado, tal como recomiendan los enólogos, permite que las burbujas perduren por mayor lapso. Su boca cerrada favorece la acumulación de los aromas, al tiempo que la forma del borde dirige el vino espumoso hacia distintos puntos de la lengua, realzando las sensaciones.
Todas las piezas ostentan sobre del águila real, la inscripción, General Porfirio Díaz; y en una lacería debajo del regio emblema, Presidente de la República Mexicana.
Las fiestas del Centenario fueron convocatoria para los mexicanos. Sin embargo, desde un inicio también fueron criticadas por no integrar a todos los sectores de la sociedad. En esta tarea de reinventar la nación mexicana participaron artistas, escritores, arquitectos, diseñadores… |
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El pueblo congregado, unido como hacía cien años para recordar su libertad, no fue invitado a los selectos convites, y apenas dos meses después se iría a las filas de la primera revolución del siglo XX.
En mayo de 1910, el cometa Halley que había pasado cerca de nuestro planeta unas treinta veces desde su registro en 239 a.C., era visto en cielo mexicano y parecía que se sumaba a los festejos. Los positivistas comentaron que era un designio que exaltaba el régimen de Díaz. Para el resto, era el presagio del fin. El corrido a Madero canta: Cometa, si hubieras sabido,/ lo que venías anunciando,/ nunca hubieras salido/ por el cielo relambrando;/ no tienes la culpa tú,/ mi Dios, te lo ha mandado./ ¡Ay que Madero tan hombre,/ bonitas son sus acciones!/ mandó a los cabecillas/ echar fuera las prisiones/ ¡Madre mía de Guadalupe,/ llénalo de bendiciones! […].
[1] Federico Rodríguez Mendoza | Retrato del General Porfirio Díaz Mori | 1903 | Óleo sobre lienzo |95 x 135 cm
[2], [4], [5] y [6] Trabajo francés | Servicio de Porfirio Díaz | Siglo XIX | Cristal
[2] Licorera con tapa | 30.2 x Ø: 10.3 cm
[4] Copa para champán | 17.8 x Ø: 6.5 cm
[5] Copa para licor | 9.5 x Ø: 5.3 cm
[6] Copa para agua | 16.3 x Ø: 8.2 cm
[3] 8 Reales, E °M° (Estado de México), 1830, LF | (Ensayadores: Luis Velásquez de la Cadena y Francisco Parodi) | 10 Ds (dineros) 20 Gs (granos) o 902.77 milésimas de plata | Decreto de 1·VIII·1923 (águila de perfil) y 11·VIII·1924 (águila de frente) | Apertura de ceca: decretos del 1·VII·1825 y 26·V·1827 | Peso: 26.88 g: módulo: 40 mm; giro: 180º
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