Hasta el siglo XIX, los niños de todo el mundo eran tratados como hombres o mujeres en potencia. Educados bajo estrictas reglas sociales, a los pequeños se les inculcaba sobre todo disciplina y hábitos para integrarlos a la comunidad. Juguetes, lecturas o rondas iban encaminados a descubrir oficios o actividades para que desde temprana edad abrazaran la obediencia, la responsabilidad y el buen oficio, ya que normalmente antes de los quince años ya se integraban al trabajo.

Desde 1551 con cédula de Felipe II se autorizó la fundación de la Real y Pontificia Universidad de México, misma que en el siglo XX se transformó en la Universidad Nacional Autónoma de México. De ella dependieron algunos colegios que también educaban a menores. Sin embargo, la creación propiamente de una educación y literatura para niños, tuvo que ver con el arraigo de las ideas Ilustradas y la aparición de la educación primaria en Europa. A fines del siglo XVIII en el ocaso de la era virreinal, para la enseñanza básica abundaban las escuelas particulares en comparación con las gratuitas, sin embargo, con el concepto de escuela pública, la balanza se inclinó hacia estas últimas. En 1844, el historiador Joaquín Baranda mencionaba tres tipos de instituciones de enseñanza para los pequeños: las escuelas conventuales –a cargo de franciscanos, dominicos, agustinos y mercedarios–; escuelas dependientes de los Colegios Mayores; y las escuelas públicas sostenidas por fondos del Estado.

En menos de cincuenta años y con el proyecto juarista consolidado en el Porfiriato, se fundó la escuela primaria como institución moderna, acorde con los ideales del Estado mexicano. Luego de 92 años de nuestra Carta Magna y su artículo tercero, se promulgó la educación laica, gratuita y obligatoria.

Como Secretario de Educación Pública en la década de los cincuenta, don Jaime Torres Bodet (1902-1974) consolidó la era moderna educativa en América Latina: de tradición positivista, la Escuela Normal para Maestros; la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos; numerosos centros educativos y campañas de alfabetización. Asimismo, su visión nacionalista abrazó al pasado mesoamericano en el Museo Nacional de Antropología, edificio proyectado por el célebre arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.


CUÉNTAME UN CUENTO


La literatura infantil comenzó a desarrollarse en las primeras décadas de 1800. A través de los libros se buscaba transmitir un código ético estricto. Las narraciones se ambientaban en lugares exóticos para captar la imaginación infantil. Las Fábulas satíricas, políticas y morales sobre el actual estado de la Europa de 1811, escritas por fray Ramón Valvidares fueron muy bien conocidas en nuestro país.

Una de ellas dice: En un islote de Europa / nació un monstruo tan horrendo / que turbaba con mirarlo / el corazón más sereno. // De su cabeza salían/ muchos retorcidos cuernos, / su lengua era de serpiente, / y sus manos de lobo hambriento. // Mas era su mayor falta / no tener pluma ni vello, / que nada bueno hacer puede / animal de poco vello. Así, a los niños criollos y mestizos se les enseñaba el orgullo americano, pletórico de bondades frente al Viejo Continente, amén de subrayar una idea que en ese entonces se consideraba positiva: en un franco desprecio al indígena, el hombre barbado cultivaba valores que el lampiño no poseía.

La investigadora Marcela Ruiz señala que todas las historias tenían un final feliz y moralizante. Personajes idealizados distinguían, a la luz de la razón, el bien del mal, y subrayaban el valor de la sabiduría, la solidaridad familiar, la honestidad, la fidelidad y la bondad, en una ética sin implicaciones religiosas. Asimismo, se advertía con énfasis acerca de los peligros de los vicios como la avaricia y la compulsión al juego, por lo cual se evitaba echar la baraja frente a los pequeños y los tiempos eran restringidos para bailar las rondas, cantar la lotería y usar los juguetes como el yo-yo de tradición china, los soldaditos de plomo, las figuras de papel maché, las casitas de muñecas, los juegos de té y las entrañables bolitas, balitas, bochas, bolindres, metras, boliches, bolillas, pelotitas, chibolas, piquis, y maras o polcas, de arraigo tanto egipcio como mesoamericano, mejor conocidas como canicas.

Más avanzado el siglo XIX, con el mismo interés educativo, pero como resultado de la creciente atracción que generaba en los más jóvenes la magia y los reinos de la imaginación, surgieron lo que hoy conocemos como cuentos de hadas. De la Caperucita roja de herencia medieval, en la cual el lobo descuartizaba a la abuelita y obligaba a la niña a comérsela para luego abusar de ella, poco quedó  en la versión de Charles Perrault de 1697. Quedó eliminado el dramático final que los Hermanos Grimm hacia 1812 tampoco recuperaron, y sólo quedó la advertencia de no desobedecer a los padres.

La industria editorial del siglo XIX reformuló las narraciones orales y de esta manera, los cuentos perdieron toda impropiedad, crudeza y referencia sexual que pudieran arrastrar de su pasado rural y adulto. Blanca Nieves ya no se defendía de grotescos monstruos enanos, la Bella Durmiente no moría, Pinocho no quedaba convertido en tronco, la Bruja no devoraba a Hanzel ni a Gretel, Rapunzel no era abusada ni abandonada en la torre de un castillo…

EL RETRATO Y LA MODA INFANTIL

Desde las cortes reales en tiempos del Humanismo, se impuso la moda de retratar a los infantes –al igual que a los adultos– con poses e indumentarias propias de su estatus social.

Amanerados, en escenografía teatral y con gesto adusto ante el pintor, la galería infantil lucía con abolengo. Eran acompañados de bufones y mascotas, como lo ejemplifica el célebre óleo de Diego Velázquez (1599-1660), La familia de Felipe IV , conocida por las asistentes de doña Margarita, como Las meninas (1656), sito en el Museo del Prado en Madrid.

Esta tradición continuó durante la era barroca y el Neoclásico configurando un modelo de representación de la vida infantil con normas, usos y costumbres del mundo de los mayores. La ropa de los niños en el siglo XIX reflejó el ideal por apresurar esta temprana etapa y se esperaba que como pequeños adultos vistieran así.

El spencer –chaqueta para niño o niña– se utilizó a fines del siglo XVIII y principios del XIX, y cubría los colores del traje. Las primeras ropitas eran el pañal –de tela blanca, suave al tacto, de forma rectangular de unos 70 u 80 cm– que se le colocaba al niño rodeado a la cintura y con una punta entre las piernas para evitar rozaduras; luego la faja –tira de tela, de punto de aguja, generalmente de color blanco y con un hiladillo cosido en uno de los extremos– que protegía el ombligo y rodeaba la barriga, con el fin de enfajar al niño.

Las camisitas de tela delicada y sin costuras, abiertas por detrás con un solo botón, con o sin mangas eran cubiertas por el jubón, parecido a la camisa, pero de tela más fuerte como la franela o el muletón. La chaquetita de lana fina se abrochaba por detrás y solía ir a juego con los patucos y el gorro. Alrededor del cuello, el babero, protegía el pecho de la humedad de la saliva y de la comida. Los gorritos y capotas adornados por todo tipo de tejidos, encajes y cintas se usaban como abrigo.

Con los primeros pasos aparecían las andaderas de varas, las polleras de mimbre y los andadores de madera. Y para tenerlos más seguros mientras las madres realizaban las tareas en el hogar, existían los hornillos, carretones o bretes, lugares donde se les sentaba y se entretenían con sencillos juguetes. A la hora de salir a la calle, los coches y las sillas de niño no estaban al alcance de todas las familias, por lo cual, muchos llevaban a los pequeños en brazos, sujetos con un mantón que al mismo tiempo les servía de abrigo.

Desde los primeros años, los pequeños ya usaban los mismos modelos de sus padres, sólo que ajustados a su cuerpo, en trajecitos que no rebasaban el metro y medio.

TODO SE ATRAPA CON UNA MIRADA

Son transcripción de los versos de Juan de Dios Peza estos dos retratos anónimos de infantes del siglo XIX mexicano. De factura popular, en un derrotero diferente del retrato académico, que cultivado en todo el país, imprimió carácter, ingenuidad, honestidad y libertad estética, los pequeños, normados según las estrictas reglas de etiqueta y comportamiento, aparecen acompañados de los objetos simbólicos de juegos y ensoñaciones.

Ataviado de negro y con un finísimo cuello de encaje flamenco, el niño sujeta un ramo de rosas –que quizá alude a un presente para su madre– y un balero. Llamado también emboque, capirucho o perinola, se trata de un juguete de malabares compuesto de un tallo generalmente de madera unido por una cuerda a una bola horadada por uno o varios agujeros de un diámetro ajustado al tallo, cuyo objetivo es hacer incrustar un eje delgado al hueco del mazo.
 

La tradición señala que este objeto se puso de moda en el siglo XVI, en la corte del rey francés Enrique III quien gustaba de jugarlo en sus paseos.

El niño mira de frente al espectador con un semblante rígido en contraste con la delicadeza de los dedos que sujetan el balero, testigo mudo de los juegos de la primera infancia.

Su compañera, luciendo un vestido rojo con diseño a cuadros, observa con gesto un poco más dulce y actitud de ingenua coquetería. Impecablemente peinada y con pequeños aretes de oro, sujeta con su mano derecha a una muñeca de falda y crinolina, con una blusa de manga corta ceñida; indumentaria que da cuenta de su origen popular. En palabras de la poeta Delia Quiñónez: Estoy aquí / –mirando sin mirar– / a las niñas que suspiran / por mecerme en sus brazos […].

Para la investigadora Ana Pelegrín: el niño trae una cultura poética: su cancionero infantil; este caudal poético el niño lo adquiere sin proponérselo, son retahílas rimadas que acompañan sus juegos, y no sólo es depositario y transmisor, sino que se convierte en creador al incorporar nuevos elementos al texto en donde a veces se ven referencias a su vida cotidiana. De ahí que canciones y juegos nos remonten a un espacio sin tiempo, donde el abrazo compartido de Naranja dulce, la petición matrimonial con una señorita que sepa bailar de Arroz con leche, el asedio de un quijotillo que anda en pos de doña Blanca, la despedida del soldado en Mambrú se fue a la guerra, el cargamento dulce de A la rueda de san Miguel, o la indecisión por el melón o la sandía de A la víbora de la mar siguen aludiendo al Nunca jamás en una búsqueda por una sombra que es nuestro propio reflejo…


[1] Anónimo | Retrato de niña con muñeca (detalle) | Segunda mitad del siglo XIX | Óleo sobre lámina de zinc | 17 x 12 cm
[2] Anónimo | Retrato de niño con balero (detalle) | Segunda mitad del siglo XIX | Óleo sobre lámina de zinc | 18 x 12.5 cm
[3] Confección anónima | Vestido de niña | Principios del siglo XIX | Seda, listón con encaje de bolillo de seda, pasalistón de algodón y forro de lino | 53 x 65 cm

 
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