
GABRIELA HUERTA TAMAYO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN
HISTORIA PRIVADA DEL CUADRO
SAN FRANCISCO RECIBIENDO LOS ESTIGMAS CON EL HERMANO LEÓN
El rey de Francia Luis Felipe de Orleáns, por medio de su agente el barón Isidor Taylor, adquirió en 1837 el cuadro procedente de un monasterio franciscano en Madrid. La Galería Española del Louvre lo presentó entre 1838 y 1848. Fue donado a este museo, pero se restituyó al rey luego de la fallida revolución liberal de 1848. La pintura fue vendida por los herederos reales en 1853 y pasó a las colecciones londinenses de Charles Holden White, Giuseppe Bellesi, Thomas Harris, y luego a las estadounidenses de Carl W. Hamilton, George R. Hann y, por donación de este último, al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York entre 1969 y 1989. En 1989 volvió a subasta y en el 91 fue adquirida por un coleccionista anónimo. Desde 2006 se incorporó a las colecciones de arte europeo en Museo Soumaya∙Fundación Carlos Slim.
Además de haberse exhibido en el Louvre (1838-1848) y el Museo Metropolitano de Nueva York (1969-1989), también fue parte de la muestra From Goya to Greco en la Galería de Arte Español de Londres en 1938. Desde su llegada al museo mexicano hace tres años, ha permanecido en sus salas dedicadas a los Antiguos Maestros Europeos y Novohispanos. |
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EL SIGLO XVII ESPAÑOL
El Siglo de Oro español tuvo heraldos de la Contrarreforma en Velázquez, Ribera, Zurbarán y Murillo. Serían también los tiempos del hundimiento político y económico de la Casa de los Habsburgo por la supremacía mundial. Los sucesos profundos y la desesperanza se decantaban: la Guerra de Flandes (1568-1648), en la que España perdió el dominio sobre las Diecisiete Provincias de esta región; la Guerra de los Treinta años, que implicaron las sublevaciones de Portugal y Cataluña; la imposibilidad de hacer recaudaciones fiscales con altas tasas para los sectores agrícola, comercial e industrial que se iban empobreciendo; la expulsión de los moriscos; las olas de peste, las hambrunas redujeron la población; la improductiva administración de las riquezas extraídas de ultramar… Asimismo, la Casa de Austria y el clero sostenían una lucha por extender los sacramentos y los ejercicios espirituales de las tierras conquistadas.
Avatares que dieron a Pedro Calderón de la Barca la ocasión de escribir en 1635: ¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ficción, / una sombra, una ilusión, / y el mayor bien es pequeño. / ¡Que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son! |
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La crisis extenuó los aportes de la nueva burguesía para la arquitectura y la escultura. La Corona, el clero y los nobles apoyaron las artes, sobre todo en la construcción de monasterios y conjuntos conventuales. La pintura, que pugnaba por ser considerada un arte liberal y noble, y no gremial, se vio favorecida.
Zurbarán (1598-1664) había iniciado su aprendizaje como pintor hacia los 15 años en Sevilla. Francisco Pacheco, Francisco Herrera, Alonso Cano y Diego de Velázquez están en su entorno más cercano. Tres años después residirá en Extremadura. En 1626 estaba de vuelta en Sevilla. Ahí los dominicos del convento de San Pablo el Real le encargan una veintena de cuadros, entre ellos destaca Cristo en la cruz (1627). De 1628 a 1629 trabajó para el colegio franciscano San Buenaventura. En 1634 fue llamado a Madrid, donde participó en la decoración del salón grande del Buen Retiro y fue nombrado pintor de la corte. Zurbarán representa el pincel de tema religioso del segundo tercio del siglo XVII. Fue llamado popularmente el pintor de los hábitos o de frailes, porque gran parte de su producción fue hecha por encargo de las órdenes.
De vuelta en Sevilla, dos años después, la gran producción y los contratos lo colocan en primer plano. Ha recibido la influencia de José de Ribera el Españoleto (1591-1652) que irá suavizando, según opinión del historiador de arte José Camón Aznar:
Mantiene el tenebrismo inicial. Pero ese claroscuro ya no es la médula de su inspiración, sino que lo pone al servicio de ese profundo humanismo de su arte. Las violencias de carácter se atenúan, aunque quizá se exalten patetismos expresivos en la materia. El realismo se atempera en la nobleza de expresiones y actitudes. Hay un equilibrio menos riguroso y simétrico en sus composiciones. La perspectiva es más amplia y despejada. Los planos más normales, sin esa estrechez y superposición de términos, que a veces abruma en sus composiciones […]. Y ahora sus colores son muy fuertes y enteros, de enorme brillantez, casi charolados, como enormes esmaltes. Su nombre brilla solo en el cielo sevillano. |
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IMAGEN DE LA SERÁFICA APARICIÓN
Zurbarán pintó la visión de Francisco: un serafín de inestimable belleza -según diría el fraile Tomás de Celano, autor de la biografía escrita tres años después de la muerte del santo- vio a un hombre que estaba sobre él; tenía seis alas, las manos extendidas y los pies juntos, y aparecía clavado en una cruz. Dos alas se alzaban sobre su cabeza, otras dos se desplegaban para volar, y con las otras dos cubría todo su cuerpo. Y G.K. Chesterton remite a las dudas a que dio origen esta narración: Es un misterio si la figura estaba en realidad crucificada o en actitud de crucifixión o si se encerraba meramente bajo la estructura de sus alas un colosal crucifijo. Pero parece claro que, de estas posibilidades la primera fue correcta […]. El Porverello se encontraba absorto en admiración y sentimientos discordantes: esto le producía un gozo inmenso y una alegría fogosa –cuenta Tomás de Celano–; pero al mismo tiempo le aterraba sobremanera el verlo clavado en la cruz y la acerbidad de su pasión […]. Zurbarán representa este momento en que con aire patidifuso recibe los milagrosos estigmas.
Para representar al santo de Asís, la tradición pictórica siguió a Buenaventura (1218-1274), a quien el capítulo general de la Orden franciscana había asignado la tarea de escribir la biografía oficial ante versiones y problemas de interpretación que los testimonios y leyendas orales habían dejado. En relación con la iconografía, el investigador Louis Réau identifica dos tipos de Franciscos, cuyas diferencias se observan en fisonomía, carácter y hábito: el monje sonriente de las Fioretti o Florecillas de san Francisco –el libro sobre la vida del santo tomado de la tradición oral– que consideraba la alegría una virtud, y que Giotto y los renacentistas, por ejemplo, gustaron de representar; el segundo, postridentino, aparece como un asceta macilento y descarnado y expresión torturada, un espectro en sayal. […] Al mismo tiempo, su hábito de franciscano fue reemplazado por otro de capuchino, sin duda porque los franciscanos reformados encarnaban con mayor fidelidad el espíritu de penitencia de la época. Este último modelo es del Greco, quien legará una línea iconográfica para pintores como Ribera y Zurbarán. |
La presencia del hermano León cuando Francisco recibe los estigmas no es referida por Tomás de Celano. La tradición popular señala que el amigo del santo oraba fuera de la gruta, como lo representa Zurbarán en su tela. Esta historia tiene raíz en otra que narra cómo Francisco, que se hacía acompañar por un amigo, amado con predilección entre todos, a quien se identifica como el hermano León, decide apartarse para encontrar un tesoro y tomar determinaciones que a los otros les hacía creer que se casaría. El hermano León, picado de curiosidad, lo acompañó. Celano asienta que la inmaculada esposa de Dios es la verdadera Religión que abrazó, y el tesoro escondido es el reino de los cielos, que tan esforzadamente él buscó. En la versión de Buenaventura, de Chesterton y teólogos contemporáneos, los esponsales fueron con una iglesia pobre, ideal personal y de la orden que fundó para revivir el cristianismo de los primeros apóstoles.
Del excelso pincel del maestro extremeño, las líneas de la trama del sayal en San Francisco recibiendo los estigmas con el hermano León dan cuenta de las texturas que alcanzaban sus lienzos. El rompimiento de gloria se aprecia en varias de sus obras en pigmento amarillo germinal. Los colores tierra priman en sus composiciones. La luz tangente modela volúmenes y también los planos que van del libro hacia la calavera y hasta el fondo agreste sobre el que contrasta el santo. Este Caravaggio o Carabacho español, como era llamado, conserva rasgos de tenebrismo enérgico y de duro relieve en la figura del hermano León. El rostro asombrado de Francisco también refleja dulzura.
Su influencia se dejó sentir en las ciudades del Nueva España y el virreinato de Perú. Para el convento de la Buena Muerte en Lima, pintó la serie de Santos Fundadores. En el mundo novohispano, su estilo pronto se dejó sentir en el pintor Sebastián López de Arteaga ( 1610-1656 ) para inaugurar el Barroco en estas latitudes. |
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Su arte fue celebrado por el poeta español Rafal Alberti: Rudo amante del lienzo, recia llama / que blanquecinamente tabletea, / telar del hilo de la flor en rama, / pincel que teje, aguja que tornea. / Nunca la línea revistió más peso / ni el alma paño vivo en carne y hueso.
Francisco de Zurbarán
[1] San Francisco recibiendo los estigmas con el hermano León | c 1645 - 1650 | Óleo sobre lienzo | 226 x 173.4 cm
[2] San Francisco de Asís en éxtasis | c 1638 | Óleo sobre lienzo | 101.2 x 75.5 cm
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