GABRIELA HUERTA TAMAYO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

La pluma grata del historiador de arte Élie Faure señalaba el camino que hasta 1905 había seguido Émile-Antoine Bourdelle: El rayo del verbo romántico iluminó el agua pura que estaba en él. Desde entonces, por las corrientes y los remolinos, la anarquía generosa y el ruido confuso de su siglo, partió hacia la mañana. La ciencia subía como una estela antigua sobre el suelo obstruido de ruinas, trabajada con fuego subterráneo: supo descifrar ahí la ley de una arquitectura de ideas. Las aguas revueltas aluden al Romanticismo del que probó siempre el lado enérgico y creativo, no del fracaso, según observaba Marius-Ary Leblond, con personajes de divino espíritu, como Apolo, Heracles, Pallas…, o figuras de potencia genial, como Beethoven. Bourdelle irá descubriendo en ellos su musicalidad y las científicas proporciones de la armonía para años después resolverse como un Pitágoras de la estatuaria que asimiló también las enseñanzas de la arquitectura medieval, para así construir en roca maciza el retrato de su maestro Auguste Rodin (1913). Lo arcaico –griego– y gótico le significó una clave para abordar el pasado, diferente al que las vanguardias de principios del siglo XX indagaron a través del Primitivismo.

Quien por excelencia vio a Bourdelle cabalgar entre estos estilos fue Beethoven. A partir de un estudio casi familiar –expresaba a principios del siglo pasado el investigador Paul Vitry– del gigante de la música, del Baco que exprime para los hombres el néctar delicioso, [creó] interpretaciones dibujadas, grabadas, pintadas o modeladas del rostro sublime, unas veces convulsionado por una especie de meditación dolorosa o por el esfuerzo de la creación, otras veces distendido y metido, se diría, en la serenidad del soberano alivio.



Acaso la semejanza física con el músico alemán, o la grandilocuencia de la que el escultor y Beethoven gustaban, o quizás algunas experiencias de vida análogas, o verse reflejado en el gran artista que pasó como él entre dos siglos y dos estilos –del Clasicismo al Romanticismo en el caso del compositor alemán… Tal vez esto inclinó al escultor por buscarse y ensancharse en la efigie del músico. Desde 1887 hasta su muerte hace ochenta años, Bourdelle realizó muestras de admiración y autoconocimiento: Beethoven con cabellos largos (1889-1891), Beethoven con cabellos cortos (c 1889-1891), Busto de Beethoven (c 1902), Beethoven con dos manos (1908), Beethoven con una mano (1908), Gran máscara trágica de Beethoven (1901), Beethoven en el viento (1904-1908), hasta sumar 45 esculturas, entre bustos y máscaras, además de dibujos y pasteles, de acuerdo con el registro del Museo de Orsay, en París.

De 1882 a 1892, había multiplicado los estudios de su Beethoven –apunta el crítico de arte Robert Rey–. El gran dispensador de esperanza, el temible taumaturgo dionisiaco es antes que nada una fuerza. Bourdelle, desde su infancia, soñaba de estas figuras tan vigorosas e impersonales que son como retratos de la humanidad entera. El coloso riendo que Bourdelle hacia sus quince años había bocetado un poco caricaturesco, ¿no era ya, más o menos conscientemente nombrado, una de las formas de Baco?


El símbolo prodigioso de Beethoven precedió el encuentro con Auguste Rodin en 1893, cuando entró a trabajar al lado del maestro como praticien. Su vida profesional la había llevado hacia el trabajo en los estudios y no en la Academia. A los 13 años dejó la escuela para quedarse en el taller de ebanista de su padre, y durante su estancia en la de Bellas Artes de Toulouse se mantuvo arisco y solitario, opuesto a la rigidez de los métodos de enseñanza. Luego, con Falguière en París, mantendría este desacuerdo. La década de los ochenta son los años de su formación, paralelos a los de madurez de Rodin.

En 1884 la Tercera República está en vías de crearse una nueva imagen a través de la estatuaria. Estaban abriendo camino Constantin Meunier, Jules Dalou, Charpentier, Camille Lefèvre, quienes reaccionaron contra el frío purismo que sólo el vigor de un Rude o la vivacidad de un Carpeaux habían logrado imponer hasta entonces, según apunta el curador Pierre Descargues. Y así iban siendo desplazados Falguière, Barrias, Carrier-Belleuse, Mercié y otros maestros de los salones franceses.

Bourdelle fue madurando su propio estilo y personalidad bajo la influencia de Carpeaux, de quien retuvo la lección del bustier [retratista]; de Jules Dalou, anarquista y sobreviviente de la Comuna, amigo de Rrodin, retomó más que su obra, su carácter enérgico e independiente. De Rodin… ¿Rodin? […] pero será en definitiva para combatirlo, precisa Descargues, y añade: Bourdelle tenía necesidad de su contrario, que esta experiencia le era necesaria para descubrirse a él mismo, que debía retroceder antes de comprometerse a fondo. Esto significaba modelar como Rodin, retomar su lado propositivo sin concebir pastiches.

Con la versión del compositor germano con cabellos largos entre 1889 y 1891 se abre a la desmesura, sentido con el que decía hacer justicia al carácter del personaje con quien se identificaba, y por el que se decidió a agrandar las dimensiones de su modelado y emprender el estilo monumental por el que sería mejor conocido. El Busto de Beethoven (c 1902), del cual el Museo Ingres en Francia conserva un yeso, fue muy bien aceptado en el Salón de la Sociedad Nacional de Artes. Inmediatamente se encargó su fundición en bronce, lo que significó el reconocimiento oficial de la Academia.

 

Se trata de la máscara de una cabeza que guarda gran semejanza con la versión en yeso de Museo Soumaya•Fundación Carlos Slim.

Aún con el ceño fruncido, los ojos cerrados y los labios apretados , estas versiones de Beethoven, al lado de otras, lejos de perder su vitalidad, adquieren un aire reposado, una densidad, como una resistencia voluptuosa donde se siente renovar su coraje de vivir, apunta Marius-Ary Leblond. El drama interior se traduce en la expresión de alegrías y dolores que van de la faz a la cabellera ondulada, ligera y revuelta. Al igual que pensara Leblond para el Beethoven de La Patética: los maestros le han enseñado simplemente a escuchar, en todos los sentidos del mundo, las voces alternadasde la vida. Y es lo que hace [que estas obras tengan], en su exaltación lírica, una gran belleza y que sean sociales –universales y cordiales–.

En la peana de la máscara de Museo Soumaya imprimió los pensamientos grandilocuentes de su héroe, romántico compenetrado con el Universo: «Mi dominio es el aire. Cuando el viento se eleva, mi alma se arremolina. Beethoven». En el del Museo  de Ingres escribió: «Yo soy Baco que exprime para los hombres su néctar delicioso. Beethoven», juicio orgulloso que acuñó en la misma base de la cabeza modelada con este otro pensamiento: «Soy todo lo que es, todo lo que fue, todo lo que será. Ningún hombre mortal levantó mi velo. Beethoven».



Émile-Antoine Bourdelle

[1] Máscara de Beethoven con cabello corto | 1890 |Bronce con pátina verde | 32 x 22.5 x 13 cm
[2] Cabeza de Beethoven | c 1891 - 1902 | Yeso | 64.1 x 35 x 28 cm
[3] Estudio del busto de Beethoven | 1904 | Bronce con pátina café | 29.5 x 25.5 x 16 cm
[4] Busto de Beethoven (Estudio para La Patética) | c 1889 - 1891 | Bronce con pátina verde | 20 x 23 x  15 cm


 
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