HÉCTOR PALHARES MEZA | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

Amigos míos, Corot es maestro de todos nosotros.
THÉODORE CARUELLE D'ALIGNY,
paisajista francés

EL ARTISTA Y SU TÉCNICA

Corot ha sido justamente señalado como el auténtico “padre del Impresionismo”, por haber comprendido que el color no existe, que la densidad de los objetos y de los volúmenes es inestable y varía según la luz, apunta la investigadora María Cristina Gozzoli.

Jean-Baptiste-Camille Corot nació en París el 16 de julio de 1796 en el seno de una familia acomodada. Era hijo del negociante Louis-Jacques Corot y de Marie-Françoise Oberson, encargada de una importante tienda de modas.

Con incipientes estudios en Ruán y Poissy, su camino se vio orientado hacia el aprendizaje mercantil al trabajar en el ramo de la industria de textiles.

Para 1822 Corot definiría su vocación estética al lado del paisajista Achille-Etna Michallon y del maestro Jean-Victor Bertin. Con ellos el joven Camille realizaría copias de grandes obras de fines del siglo XVIII, como las de Claude-Joseph Vernet, lo mismo que cuadros de libre inspiración en la campiña francesa. Fue así que en el tránsito del Neoclasicismo al movimiento romántico, Corot realizaría sus primeros ejercicios de pintura al aire libre.

Un acontecimiento fue señero en la trayectoria del maestro: […] Pero en el Salón de 1824, tres paisajes expuestos por John Constable, de factura libre, franca e incluso brutal, propicia a captar los efectos atmosféricos y lumínicos más accidentales, habían causado una fuerte conmoción entre los pintores jóvenes franceses […], explica Gozzoli.
     

Como parte de la tradición del llamado Grand Tour entre los artistas y viajeros europeos, quienes buscaron la inspiración en la magnificencia del paisaje y las ruinas arqueológicas romanas, entre 1825 y 1828 Corot realizó el primero de sus tres viajes a Italia.

Por aquella época los grandes cánones en la pintura eran el dibujo preciso, los temas históricos, la copia fiel y la observación científica del entorno, cultivados por los maestros Jacques-Louis David (1748-1825) y Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867).

Hacia 1830 –luego de la Revolución de Julio que retiró al último Borbón del trono francés, Carlos X – muchos artistas salieron de París rumbo a Normandía y Bretaña. Entre ellos estaba Camille Corot, quien comenzó una trashumancia que lo llevaría a pasar largas temporadas en la casa que su padre había comprado en Ville-d’Avray, en los alrededores del bosque de Fontainebleau. La seducción de la pintura al aire libre promovida por los maestros de Barbizon –entre los que se encontraban Millet, Díaz de la Peña, Rousseau, Daubigny, Troyon y Dupré–, atrapó la atención de Corot y lo llevó hacia un registro del paisaje bajo nuevas influencias tonales y lumínicas, preámbulo de las búsquedas que más tarde emprendería el impresionismo francés.

Fontainebleau representó para el artista la posibilidad de pintar mediante un empaste impregnado de humedad, junto con los registros de la naturaleza como fuente de toda inspiración. El maestro solía decir: […] buscad ante todo la forma; luego, los valores o relaciones de tonos, el color y la ejecución; y todo ello sometido al sentimiento que hayáis experimentado.

 

 

Con una buena acogida de su pintura en el gusto francés, Corot recibió el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor en 1848. La presentación de Una mañana, danza de las ninfas (1850), obra de impecable movimiento y empleo cromático, inauguraba un episodio en la historia de la pintura europea.

Su trabajo continuó incesante en las décadas de los cincuenta y los sesenta, alcanzando –como suscribe René Huyghe– un total de casi tres mil pinturas en el género de paisaje.

En 1874 cuando Monet, Renoir y Sisley, entre otros, exhibían ante el público parisino sus cuadros impresionistas en el taller de Charles Gleyre, el maestro quedó postrado en cama por el desarrollo de un fuerte tumor estomacal. Luego de una lenta agonía, murió en París el 22 de febrero de 1875.

 

EL PAISAJE

Sobre un lienzo fino, ligeramente teñido,
[Corot] dibujaba con lápiz blanco. Luego, utilizando
unos pocos colores básicos, establecía el “efecto”
del cuadro mediante un claroscuro de tierras,
 ocre, negro y blanco, señalando a continuación
 la sombra más pronunciada y la luz más viva.

GUSTAVE COLIN,
pintor y escritor francés



Con círculos y cuadrados Camille Corot solía marcar –sobre sus apuntes tomados en plein air– las zonas de mayor luminosidad y oscuridad de un determinado paisaje, para luego traducirlas en el óleo dentro del taller. Él mismo confirmó la relación estrecha entre el estudio al aire libre y el paisaje de taller: el estudio debe llevar inevitablemente a un paisaje de taller, pero éste puede de hecho pasar al estudio, gracias al trabajo de la memoria, señala el investigador Vicent Pomarède.

De la colección de paisaje francés del siglo XIX en Museo Soumaya•Fundación Carlos Slim destacan ocho lienzos de Camille Corot que dan cuenta de su trabajo preciso de investigación lumínica y tonal, así como de los grandes temas cultivados por él a lo largo de cuatro décadas.



De su primera etapa en Roma, Las márgenes del Tíber rodeadas por colinas (c 1825-1828) reflejan la complicidad del pintor –en el espacio abierto– con la naturaleza. El maestro haría lo propio en Vista del puente de Saint Bénézet en Avignon (1843) pero ya con los indicios de una pincelada más densa y menos definida en el dibujo.

Sus árboles de trazo evanescente en Pastizal al abrigo de grandes árboles (1850-1855) y en Orillas del Sarthe, muestran el influjo de la laca amarilla –empleada con mayor frecuencia en esta década– que se degradaba rápidamente a la luz, intensificando el contraste con las áreas resueltas en tonos de verde.

En Alrededores de la ciudad de Avray (1855-1860) los personajes dispuestos en primer plano quedan separados de la arboleda del fondo por un haz de luz intenso, mientras realizan sus actividades cotidianas en esta suerte de instantánea fotográfica tan característica del maestro.

Por la misma época fue realizada El monasterio detrás de los árboles, en el que otro grupo de individuos enfatiza el peso de la composición en el lado izquierdo de la obra, en una línea de horizonte medio. Un paisaje arbolado –muy similar al de El gran valle en los fondos del de Louvre en París, o al de El arroyo del Museo de Saint Denis en Reims– propone una suerte de ascensión naturalista que, de forma casi mística, ocupó el interés plástico de Corot. Él mismo apuntaba: Cuando uno está abandonado a sí mismo frente a la naturaleza, tiene que arreglarse como pueda y nace espontáneamente una manera propia […].
 

De la última década de vida del maestro provienen Pastor en un claro sentado en una roca y Gisors, Ribera rodeada de árboles. En ambos casos se observa la madurez artística de Camille Corot –que venía gestándose desde los sutiles trazos de El lago (1861), sito en la Frick Collection de Nueva York– por el equilibrio entre el contexto y los personajes que realizó a lo largo de su trayectoria. En opinión de la historiadora de arte Barbara Eschenburg: Lo más característico de estos esbozos [de principios de los años 70] es la inusual espontaneidad con que el pintor capta la luz y la atmósfera del paisaje a diferentes horas del día.

Las escenas bucólicas y cotidianas desvían, por momentos, la atención de la omnipresente naturaleza en la que los verdes desdibujados contrastan con el cielo de azul purísimo. Son obras que dan cuenta de un Romanticismo tardío con ecos de formación clásica. En ellas, el legado de Barbizon resuena en el estilo costumbrista del pintor. Para Gary Tinterow: En los años 1870, Corot parecía […] de otra era, una era más simple y ya por aquel entonces, empapada de nostalgia.



Jean-Baptiste-Camille Corot

[1] El monasterio detrás de los árboles | c 1855 | Óleo sobre tabla | 44.5 x 59.5 cm
[2] Gisors, Ribera bordeada de árboles (detalle)| c 1873 | Óleo sobre lienzo | 61.6 x 50.8 cm
[3] Pastor en un claro sentado en una roca (detalle) | c 1870 | Óleo sobre lienzo | 92.5 x 73.3 cm

 
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