EVA MARÍA AYALA CANSECO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

   

En los momentos históricos en que prevalecía la costumbre, la gente estaba más infatuada del propio país que de la época, pues se vanagloriaba sobre todo de los tiempos anteriores. Por el contrario, en las etapas en que domina la moda se está más orgulloso de la época que del país.

Gabriel de Tarde (1843-1904)

La moda es una institución excepcional, altamente problemática, una realidad sociohistórica característica de Occidente y de la propia modernidad, para Gilles Lipovetsky. Este filósofo francés y otros autores, sitúan el surgimiento del fenómeno en la primera mitad del siglo XVI, momento en que inicia la concepción renacentista centrada en el hombre. La sociedad del hombre singular, que promovió el retrato, la biografía y el encumbramiento de la persona, encontró primero en la vestimenta masculina que en la femenina, el lugar para mostrar sus aspiraciones por el cambio, lo transitorio, lo contingente y lo individual.

Virilidad heroica

De dónde se desprende que el ánimo está inflamado por aquel divino fulgor que resplandece en el hombre bello como en un espejo, y que capturado por desconocidas vías viene de él como transportado por un anzuelo hacia lo alto hasta extasiarse en Dios.

Marsilio Ficcino (1439-1499)

Entre 1340 y 1350 se produjo una evolución radical en la indumentaria de hombres y mujeres. El traje largo y holgado quedó en el pasado, y el gipon masculino–túnica larga que llegaba hasta las rodillas– se transformó en doublet o jubón, una especie de chaqueta corta y ajustada al talle que se unía a las calzas –formadas por calzones y medias– y mostraba las piernas.

El largo de los jubones se convirtió en denuncia para los moralistas de la época como una prenda indecente. El traje femenino adoptó un estilo ceñido y escotado que daba volumen al pecho, aún así no era tan extravagante como el de los hombres. Los amaneramientos excesivos evolucionaron de los pies a la cabeza. Hacia el siglo XVI Enrique III (1551-1589) decretó una ley suntuaria: ningún caballero […] llevará zapatos o botas con puntas cuya longitud exceda las dos pulgadas bajo la multa de cuarenta peniques.


El retrato de Don Juan de Austria pintado por Alonso Sánchez Coello da cuenta de la sensualidad en el nuevo estilo. El traje está constituido por camisa, jubón cerrado de cuello alto, torso abombado como atributo de masculinidad, y calzas a juego. Según el gusto de la época, es probable que estuviera relleno en ciertas partes como los hombros y el pecho para conseguir volumen adicional, brindar a la figura un aspecto fuerza extrema y también para evitar pliegues y arrugas.
El jubón vestidura que cubría el torso– del retrato es tan corto que exhibía el que se consideraba máximo signo de virilidad: la bragueta. Era un triángulo protector sujeto al jubón mediante agujetas. Algunos caballeros extravagantes lo rellenaban para remarcar sus atributos. 

Para el hombre renacentista la habilidad en la guerra tuvo repercusión en la indumentaria. La apariencia del héroe y el combatiente encontraron en el estilo acuchillado, un modelo agresivo y seductor al mismo tiempo. En la confección de ropa el término se refiere a la apariencia de la tela rasgada por efecto de un objeto punzo cortante a través de la que se asoma el forro de la prenda.

Este estilo procede de un suceso histórico, apunta el investigador James Laver: en 1476 los suizos vencieron al duque de Borgoña, Carlos el Calvo, en la batalla de Grandson. Los lansquenetes –soldados alemanes a sueldo– hurtaron telas que al ser rasgadas para remendar los huecos, crearon el acuchillado, muy popular a principios del siglo XVI.

En el retrato de Don Juan de Austria se puede apreciar en todo el atuendo e incluso los zapatos.


 


La elegancia cortesana

El ímpetu por lo nuevo y efímero llevó a Michele de Montaigne (1533-1592) a escribir en el siglo XVI: Nuestro cambio es tan repentino y rápido que la inventiva de todos los sastres del mundo no podría proporcionar suficientes novedades. A fines de ese siglo la moda permutó. El poderío español influyó la indumentaria, y transformó el gusto por la virilidad combativa en sobria elegancia, que se revistió de negro. Posible retrato de Jan van Haanen, conocido en italiano como Giovanni D´Anna,de Tiziano en Museo Soumaya muestra lo que Cunnington estableció como rasgos esenciales de esta nueva fantasía vertida en el traje: ampulosidad y cinturas estrechas. La arrogancia de las cortes españolas se percibe en prendas de figura aristocrática y varonil y espaldas muy anchas. El rigor de la etiqueta cortesana también se vio reflejado en el textil. Múltiples rellenos eliminaban por completo cualquier pliegue indeseado.

Hacia el siglo XVII, con el cambio dinástico en España más el advenimiento de Francia como nueva potencia, los lazos, bucles y colores llamativos adornaron el atuendo masculino.

Entre el estilo y la libertad

En los siglos XVII y XVIII la moda se impregnó del refinamiento francés. Los juegos del amor galante promovieron un estilo de seducción con lenguajes secretos que se expresaron mediante abanicos, pañuelos, además de cartas y coqueteos en espacios públicos.

El florecimiento de la moda francesa tiene sus raíces en el medioevo. El Libro de los oficios de Etienne Boileau menciona que entre 1260 y 1270 ya existían en París una decena de profesiones dedicadas a la confección y el arreglo personal: costureras, sombrereros, sastres y zapateros, entre otros. Hacia fines del siglo XV se establecieron los gremios de modistas y abaniqueros, y durante los siglos XVII y XVIII las Reales Fábricas apoyaron la educación de artesanos y técnicos vinculados a la industria de la moda.

Gracias al surgimiento de las láminas de patrones hacia la década de los setenta del siglo de las luces, la difusión de la moda llegó a un mayor número de personas.

Las cortes francesas también se sintieron atraídas por la llamada tierra de las libertades, Gran Bretaña. La indumentaria masculina a fines del siglo XVIII se orientó hacia la comodidad del traje de campo británico, a esté fenómeno en la moda se le conoce como anglomanía. Las prendas se volvieron más sobrias, aunque sin perder el lujo en el adorno y la pasión por los colores brillantes, como las del Retrato del Alférez Nicolás Calvo de la Puerta, en Museo Soumaya. La peluca blanca está anudada hacia atrás en un moño. La casaca oscura es larga y está ribeteada en el mismo brocado del chaleco largo. Los puños son de volantes de encaje fino que sobresalen de sus mangas y que, van a juego con la pechera. Usa corbata a la steinkirk, es decir, un paño de tela anudado al frente. En la parte baja del retrato sobresale la espada, testimonio de su oficio y también de gallardía. El traje del alférez es el último eslabón de la moda cortesano.

La Revolución francesa tuvo un peso decisivo en la propia percepción masculina. El desprecio hacia la aristocracia y el efecto de la ética protestante del trabajo hicieron que primara por la eficiencia sobre la sensualidad. A este nuevo paradigma ha llamado Flügel la gran renuncia masculina.

Tendría que llegar el siglo XXI, para que los hombres metrosexuales consideraran de nueva cuenta a la sensualidad y la belleza como un atributo de seducción y prestigio.


 

[1] José Joaquín Magón |  Retrato del Alférez Nicolás Calvo de la Puerta | c 1770-1778 | Óleo sobre lienzo | 105 x   84 cm
[2] Alonso Sánchez Coello |  Don Juan de Austria | c. 1560  | Óleo sobre lienzo | 144.8 x 69.4 cm
[3] Tiziano Vecellio |  Posible retrato de Jan van Haanen, Conocido en italiano como Giovanni D´Anna |  c 1540 - 1550 | Óleo sobre lienzo | 105.5 x 79.3 cm

 
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