MÓNICA LÓPEZ VELARDE ESTRADA

   

Carlos Monsiváis. Excéntrico y ubicuo escritor mexicano... Es imposible definirlo ya que su campo de acción abarca muchas áreas del arte, la cultura, la contracultura y la política, todo con el afán de dedicarse a lo que realmente le gusta: ver cine y leer.

ABCDF. Diccionario gráfico de la Ciudad de México, 2001.

A todos nos consta

Entrevistador.- Aceptaría el cargo de Secretario de Educación Pública.
Monsiváis.- ¡No, no! Yo me espero a la grande.

En el principio fue el verbo, el goce y la ironía. La producción de Carlos Monsiváis hecha palabra, escrita o hablada, es uno de los acontecimientos más relevantes y difundidos en la vida cultural de México. Sergio Pitol, en El arte y la fuga,comenta: A su modo, Carlos Monsiváis es un polígrafo en eterna expansión, un sindicato de escritores, una legión de heterónimos que por excentricidad firman con el mismo nombre.

Desde hace un par de décadas es presencia que aglutina y atesta la escena política, artística y social de todo tipo de publicaciones y de los medios de comunicación a través de ediciones de autor; presentaciones, prólogos y prefacios para libros; entregas periodísticas; mesas de análisis y conferencias; programas de televisión; y todo tipo de entrevistas por Internet. Constituye el líder de opinión transfigurado en el personaje urbano que traspasa transversalmente y en todas direcciones los temas y asuntos del ethos nacional.

Los sábados, en la Plaza del Ángel de la Zona Rosa; subido en un taxi ecológico, llegando tarde a alguna inauguración; en cadena nacional, en trasmisiones televisivas, hablando de elecciones presi-

denciales o de la salida de Hugo Sánchez de la selección nacional de fútbol; en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, declamando mal, muy mal a Ramón López Velarde; comentando alguna exquisita interpretación del Ratón Vaquero de Cri-Cri que una persona ofrece en un vagón del Metro. Su figura es ya icono de la intelectualidad no retórica, no grandilocuente, no apostillada.

Ironista, lo llama Evodio Escalante; instigador democrático, Christopher Domínguez. Amante de los gatos, visible aunque no quiera, el que quisiera ser más lector que escritor (seguro parafrasearía a Borges en su Más que vivido he leído); presencia crítica apabullante: polémico; de juicios, dolorosos y divertidos a la vez. El autor de Escenas de pudor y liviandad tiene, sin embargo, sus personajes, asuntos y motivos entrañables: Salvador Novo, Cantinflas, López Velarde, san Juan de la Cruz,María Félix, Foucault, Mailer, Rulfo, Guillermo Prieto; la Época de Oro del cine mexicano, los espectáculos de masas, los exvotos, los corridos, la poesía romántica y la fotografía del siglo XIX; las vecindades, el California Dancing Club, la lucha libre; estampas, historietas y caricaturas; el juguete popular; los sucesos del 58, el 68, el 71, el 85, el 94 y el 2000; la izquierda, la derecha, el centro y más allá…; lo cursi, lo kitsch y lo arrabalero.

Si uno quiere saber de los temas selectos de la parodia nacional, es indispensable echarle un ojo al índice temático de Monsi.

 

 


Nuevo catecismo para mexicanos reacios

Entrevistador.- Es usted marxista.
Monsiváis.- Yo soy de Portales.

Octavio Paz, desde el laberinto de la soledad ofrece una visión de la mexicanidad rica y compleja; Carlos Fuentes, a partir de la región más transparente, muestra la inteligencia y el rigor de un literato que mira desde afuera y aquilata en su real proporción el devenir histórico de su patria. En la obra de Carlos Monsiváis, desde la cosmopolita colonia Portales, discurre un país que se debate entre el absurdo, la grandilocuencia, la creatividad extrema y la extrema impunidad: patria, alacena y pajarera. Este escritor nos completa un panorama que nos repite hasta el cansancio que los mexicanos de este tiempo sobrevivimos (¡de milagro!) en una sociedad barroca, bullanguera, febril, chabacana, intensa y cándida.

Los libros de Monsiváis son referencia obligada en el contexto de estudios sociales y de humanidades: A ustedes les consta, Días de guardar, Amor perdido, Los rituales del caos, Entrada libre, Nuevo catecismo para indios remisos, entre otros.

 

Del estilo de Monsiváis destaca, en palabras de Sebastian Faber, la sintaxis enredada y el vocabulario culto. Pero sobre todo, un discurso de tensiones y contrastes entre la forma y el contenido, cuando por medio de un lenguaje de elite habla de asuntos populares.

Se ha señalado también, como uno de los rasgos particulares de la narración monsivaisiana, la propensión a la enumeración caótica. Sigue aquí, a manera de homenaje, una selección de títulos que hablan de un autor inteligente, sarcástico, sensible y provocador:

Del rancho al Internet; El cómic es algo serio; La historia de una ponencia que no sucedió; Se sufre pero se aprende; Donde el diablo perdió el jorongo; Los premios del 68 (los personajes más destacados del año); Reflexiones póstumas en relación a un sentido pésame; Historia muy local de la infamia; Mi sangre, aunque de héroe, también tiñe de rojo; El secreto del éxito es el triunfo; Mitologías. Un héroe es un héroe; No hay más nota que la vuestra; Fallaste corazón. Cine mexicano: y tú que te creías el rey de todo el mundo; El indio como don poético. La filantropía como anhelo surrealista; La absolución somos todos; Ya agarraste por tu cuenta Bellas Artes; ¡Viva México! Hijos de la decencia; Elogio a la cordura; Mi pasado me promueve; De la grilla a la silla; A palabras necias, oídos tuertos; ¿Qué nombre le pondremos, matarili sexenal?; Orgasmo es poder; Hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos. (Cantinflas, post mortem); Acúsome padre de fomentar la tolerancia.1



1Tomada de la biblohemerografía crítica de y sobre Carlos Monsiváis preparada por Angélica Arreola Medina y publicada en El arte de la ironía. Carlos Monsiváis ante la crítica, compilación de Mabel Moraña e Ignacio Sánchez. México, Ediciones Era y UNAM, 2007.

No sabemos qué combinatoria existencial y de lecturas han hecho de Monsiváis un personaje que transita por el Centro Histórico de la Ciudad de México esparciendo indiscriminadamente mitologías contemporáneas del pasado y el presente de nuestro país.

Monsiváis, periodista cuya fuente oficial es lo no oficial, parafraseador infame, de humor negro impreso en blanco y negro; cronista de nuestras desgracias, a la vez que iluminador de nuestros paraísos subvertidos; fabulador espléndido de lo nuestro, al tiempo que confabulador de causas justas; punzante, espeso, de buen humor; fervoroso creyente de lo laico; religioso de la alternatividad y burlón de sí mismo, con sus letras ha creado un nuevo catecismo para mexicanos reacios a un infausto destino nacional.

Del Monsiváis escritor al Monsiváis coleccionista, hay solo un metro: Portales-Zócalo.

           

El Museo del Estanquillo

Mi cuarto me expresa fielmente. Es una simple acumulación de libros y objetos, un teléfono invariablemente ocupado, un cuadro de Pedro Coronel, una colección de dibujos de Cuevas, un collage de Vicente Rojo, posters de Alfred Neuman, los Beatles y The Dynamic Duo…

 

También un gato, Pío Nonoalco, déspota indudable, marqués de Sade antes de Charenton y un escritorio, conmovido bajo una montaña de papeles que yo, categóricamente me niego a remover o examinar.

Carlos Monsiváis, Autobiografía, 1966.

 

 

 


De
intolerable afición al D.F., a Monsiváis le fascina la discrepancia. Ha conformado una colección inédita, distinta, alternativa que hoy resguarda el Museo del Estanquillo en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Se trata de un acervo especialísimo. El Estanquillo alberga lo inesperado. Como era de esperarse, la selección no responde a los grandes circuitos del arte ‒aunque tiene a grandes del arte nacional‒. Su gusto es por aquellos objetos de expresividad y novedad pasmosa, cuyo elemento distintivo será su valor de crónica más que su atributo estético. Son la evocación de una época: ésta; y una generación: la de todos.
 

El Museo del Estanquillo exhibe de manera permanente y no tanto: caricaturas, historietas y cómics; piezas de los artesanos Roberto Ruiz, Teodoro y Susana Torres, Alejandro Velázquez Lona, Guillermo Romero, Teresa Nava y Luis Hidalgo. Títeres de madera, muñecos de cera, maquetas con paisajes de todo tipo; miniaturas de hueso, figuras etnográficas y juguetes populares. Estampas, por millares, especialmente las de José Guadalupe Posada. Postales y partituras, ¡las de Tata Nacho! En cualquier formato y bajo cualquier circunstancia documental, los temas que lo han obsesionado: el cine y los movimientos sociales. Pinturas de artistas reconocidos en su faceta menos conocida: de David Alfaro Siqueiros, Luis García Guerrero, Julio Ruelas, Leopoldo Méndez, Roberto Montenegro, Diego Rivera, Pablo O’Higgins, Leonora Carrington, José Clemente Orozco y Jesús Guerrero Galván. Fotografías de Agustín Jiménez, Manuel Álvarez Bravo, Juan Rulfo y Mariana Yampolsky.

 


Periódicos: El Ahuizote y El Mundo Ilustrado; cuadernos: Ramillete de canciones y Recetarios, editados por Vanegas Arroyo. Portadas de Antonio Díaz Bernal, carteles del ddf; Vitolas, una casita de muñecas de Frida, una serie de lucha libre: Ráscale a tu suerte, y juegos de mesa como Serpientes y escaleras del PRI.

A los veintiocho años de edad Monsiváis quería hacer méritos y convertirse, sino en el cronista del D.F., por lo menos en mi biógrafo oficial. Ambas cosas las ha logrado de manera encomiable a través de congregar aquellos objetos disímbolos; auténticos textos sagrados que narran una historia imprescindible del país al tiempo que retratan un personaje sustancial para entender el México que nos tocó vivir. Solitario, fantasioso, pedante y libresco, el autor de cientos de ensayos sobre cultura y política ha conformado un fondo de piezas de lo infame, como lo entendía Borges: lo que carece de fama, pero que ahora, con su difusión, ha alcanzado plena celebridad.

Vagabundeo, redescubrimiento, retórica, poesía, paisaje de una cultura urbana, popular y subalterna. Arte periférico y modesto, la colección del Museo del Estanquillo tiene el sentido del humor que caracteriza al autor de Por mi madre, bohemios. Verdadera invención de lo cotidiano, acumulación de libros y objetos, su obra literaria y artística trazan hoy día trayectorias indeterminadas pero con plena vocación, pues reafirman una forma ejemplar de inteligencia y libertad.
           
La generosidad de Carlos Monsiváis hizo posible exhibir en el Museo Soumaya las maquetas de la poblana Teresa Nava. Asimismo ha cedido temporalmente piezas que por su singularidad han completado lecturas curatoriales. La más reciente, El Amor hasta la locura, con partituras y postales eróticas de principios del siglo XX.

Cuando Museo Soumaya presentó del acervo de Monsiváis la exposición de piezas de Miguel Covarrubias, en la apertura, cuando todos aguardábamos para cortar el listón, el coleccionista llegó con una obra más del autor para ver si cabía. En aquella ocasión dijo:
 

En escala muy modesta (todo coleccionista que se respete debe aceptar este nivel), he adquirido los Covarrubias que me ha deparado el destino (ese también humilde nombre del vago azar). Ahora los pongo a la disposición de miradas de seguro más lúcidas pero difícilmente más entusiastas que la mía.


[1] Teresa Nava | Estudio del escritor Carlos Monsiváis | 1997 | 35.5 x 52.3 x 35.5 cm | Colección Museo del Estanquillo
[2] Vicente Rojo | Carlos Monsiváis | Tinta sobre papel | Sin fecha | 24.2 x 23.9 cm | Colección Museo del Estanquillo. | Fotografía Bob Scharwijk
[3] Leopoldo Méndez | Compro tu maíz, 1918 | Linoleografía | 30.5 x 41.5 cm (medida de la mancha) | Colección Museo del Estanquillo | Fotografía Bob Scharwijk
[4] Miguel Covarrubias | La Changuita | Sin fecha | Gouache y lápiz sobre papel | 21 x 14.5  cm  | colección Museo del Estanquillo
 

Mi agradecimiento a Rodolfo Rodríguez, Gloria Falcón, Evelio Álvarez y Miguel Ángel Cruz.

 

 
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