HÉCTOR PALHARES MEZA | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

POR AQUEL ENTONCES, PARA UNA JOVEN MUJER RESULTABA MUY DIFÍCIL
CONCILIAR SU DISPOSICIÓN A APRENDER Y LA SEGURIDAD EN SÍ MISMA, LA
SIMPATÍA POR UN HOMBRE Y SU AFIRMACIÓN PROFESIONAL COMO ARTISTA,
EN UNA SOCIEDAD DOMINADA POR LOS HOMBRES.

INGO F. WALTHER, SOBRE EVA GONZALÈS

 

El arte finisecular

Luz y color; retratos de la naturaleza en plein air; tonalidades que dibujan y desdibujan; pinceles aburguesados que coexisten con el realismo social. A pesar de las críticas iniciales, uno de los momentos más entrañables de la plástica del último tercio del siglo XIX. Eso fue el Impresionismo.

En la primavera de 1874 un grupo de artistas desvelaban en el Salón de París una nueva forma de concebir al arte. Dejando atrás el academicismo y sus cánones, la sociedad gala era testigo de una revolución de trazos cortos, colores intensos, visillos de luz que inundaban el escenario. El arte como protagonista en su materialidad y a merced de las nuevas teorías compositivas. Monet, Renoir, Sisley, Pissarro, Degas y Berthe Morisot, entre otros, habían dado la pauta para otra comprensión del mundo y del entorno.

Hacia el último tercio del siglo XIX, Europa –Francia en particular– entraba con renovados ímpetus a su carrera expansionista por Asia, África y la Polinesia. El triunfo germano      en la Guerra franco-prusiana (1870-1871) detonaría no sólo un exacerbado nacionalismo entre las potencias del Viejo Continente –en una época de difícil redefinición de los linderos territoriales– sino un largo periodo de paz armada para los siguientes 43 años; todo ello sería la antesala de la Primera Guerra Mundial.

Las clases más acomodadas exaltaron su joie de vivre en la riqueza, producto de las maniobras imperialistas, acumulada en las décadas anteriores. Bohemia y divertimento quedaron referidos por la mirada impresionista en un tránsito de los grandes escenarios como el Moulin Rouge o el Moulin de la Galette hacia la intimidad en una lección de música, en escenas cotidianas o con la sensualidad de una mujer desnuda en la toilette y muchas otras.





Discípula de Manet

CUANDO [MANET] CONOCIÓ A EVA GONZALÈS, LA
HIJA DE VEINTE AÑOS DE UN ARTISTA BIEN CONOCIDO, QUEDÓ FASCINADO POR SU BELLEZA Y LE PREGUNTÓ DÓNDE LE GUSTARÍA SENTARSE A POSAR PARA ÉL
[…].


JOHN REWALD

Eva Gonzalès nació en París en 1849 y fue hija del presidente de la Sociedad de Gentes y Letras, el escritor español nacionalizado francés Emmanuel Gonzalès. Durante la infancia estuvo rodeada de intelectuales y poetas –amigos cercanos al círculo paterno– que alimentaron en ella una fina sensibilidad para los asuntos estéticos.
 


El artista belga Alfred Stevens (1823-1906) los presentó a fines de los años sesenta. La obra espontánea del maestro determinaría a la joven, quien se había apartado de los lineamientos generales del Salón para explorar las nuevas posibilidades de la pintura y dejar atrás todo formalismo. Entre 1869 y 1870 Manet ejecutó un retrato de Eva Gonzalès que demuestra su particular interés por la artista en ciernes, hoy sito en la National Gallery of London. Apenas un año después Gonzalès se mudó a la ciudad portuaria de Dieppe, tras el estallido de la guerra entre la Francia de Napoleón III y la Prusia de Otto von Bismarck. En 1879 contrajo matrimonio con el grabador Henri Guèrard quien, luego de la prematura muerte de Eva, desposaría a Jeanne, hermana de la artista.


Gonzalès había participado desde 1870 en el Salón con su célebre Niño de la tropa, que dejaba ver la clara influencia de El flautín (1866) de Édouard Manet. La crítica no fue propiamente favorable con ella y, como señalan los investigadores José Pijoán y Juan Antonio Gaya, este audaz empeño en rehusar lo que podría constituir belleza ideal, aceptando sólo lo que es bello en sí mismo, causó sensación y disgusto.

Celebrada hacia 1872 por Castagnary y Émile Zola, su pintura se fue caracterizando por una pincelada difuminada en transparencias azules y ocres, como es el caso de La mañana rosa (1874) y Retrato de Jeanne Gonzalès (1875-1880). La paleta de Gonzalès se alejó, sin embargo, de los colores luminosos empleados por los demás impresionistas para adentrarse en una gama de opacidades al estilo Manet. Así lo demuestran dos obras emblemáticas que hoy forman parte del acervo de Museo Soumaya: La joven discípula (c 1871-1872)– pintada durante el exilio en Dieppe– y En el parque (c 1875-1876).


Los lienzos de la colección mexicana exaltan el eterno femenino, rasgo de la artista en su breve pero intensa carrera. En el primer cuadro una joven mujer–  que en opinión de la investigadora Marie-Caroline Sainsaulieu es su hermana Jeanne– pinta frente a un caballete en ángulo opuesto al óleo que Manet hizo de ella; el juego de luz y sombra construye una atmósfera silenciosa e intimista.

 A pesar de encontrarse en un escenario abierto que perfila una hilera de árboles en segundo plano, En el parque también hace lo propio para recrear un momento de ausencia, donde la ávida lectora pareciera no ser interrumpida por nada ni por nadie. Escribió Castagnary sobre ella: […] su sentimiento por la vida y su intuición por el arte la colocan entre las más importantes –junto con Berthe Morisot (1841-1895) y Mary Cassatt (1844-1926)– mujeres pintoras del Impresionismo.

La obra de Eva Gonzalès forma parte de emblemáticos acervos en Dresde, Londres, Meaux, París, Viena y Villeneuve-sur-Lot. Édouard Manet murió el 30 de abril de 1883 y, unos días después, todavía con el luto por la pérdida del amigo y maestro, Eva fallece como resultado de una embolia luego de dar a luz a su único hijo.

Mujeres que toman el té apaciblemente en una terraza; mujeres que decoran sombreros con flores o que sostienen racimos de cerezas; mujeres de mirada ausente que reposan entre sábanas blanquísimas, son el legado de una artista que vivió el fin de una época y los preludios de otra que llevaría a la mujer a ser protagonista y hacedora de grandes cambios en la historia de Occidente.

 


[1] Eva Gonzalès | En el parque, detalle | c 1875 - 1876 | óleo sobre lienzo | 40.6 x 33 cm
[2] Eva Gonzalès | La joven alumna | c 1871 - 1872 | óleo sobre lienzo | 46.7 x 34.9 cm
[3] Édouard Manet | Una parisina (o Mujer con sombrero café), detalle | 1882 | Pastel sobre lienzo | 55.3 x 35.5 cm


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