
MÓNICA LÓPEZ VELARDE ESTRADA
A la maestra Miriam Kalser
ELLA, LA ELEGIDA, LA ESCULTORA/ DE LA LUZ QUE BUSCAN LOS
SEDIENTOS;/ DONADORA DE CELESTES POZOS,
ABRE LAS FUENTES DE SU PECHO/ Y DEJA EN LIBERTAD NUTRICIAS
MIGRACIONES, ALBAS TRANSITIVAS.
RUBÉN BONIFAZ NUÑO,
Homenaje a Ángela Gurría
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Los Gurría son de Chiapas, más precisamente de la selva chiapaneca. El padre de Ángela, José María, hombre recio, tradicional, tuvo un varón y cuatro niñas. Mala cosa. Siempre buscaron tener otro niño y Ángela fue la menor de esa pléyade de féminas. En un claustro familiar tradicional y rígido, vieron siempre a una madre que sólo salió de su casa con su marido. María Dolores, muy bella, iba y regresaba al estuche de su hogar. Un día que corrió la aventura de ir al salón de belleza por su cuenta y acompañada de una de sus hijas, se perdió. ―Ángela, ¿dónde está tu madre? ―Salió papá; con mi hermana. ―¡Qué barbaridad!
El padre solía recordar aquella espesura de la que venía: Es que todo era frondosidad y verdegal. En la noche se oye crecer la selva. ¡Que imagen! De esa selva vertical salió seguramente la inspiración de Ángela, de raíces de hierro y piedra. La menor de los Gurría-Davó quiso ser artista. Vino entonces pronto la pasión por la forma. ¿Escultora?, imposible para una mujer a finales de los años cuarenta en México. Para un hombre ser artista puede ser una profesión; para una mujer, hobby. Entonces a Ángela se le hizo costumbre aumentarse la edad y firmar con seudónimo: Alberto Urría.
Autodidacta desde los veinte años, en 1952 estudia escultura con Germán Cueto. En 1960 participa en la exposición Escultura mexicana contemporánea, organizada por Celestino Gorostiza en la Alameda Central, para cinco años después concursar en la II Bienal Nacional de Escultura del Museo de Arte Moderno. Es el inicio de varios premios y reconocimientos.
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En 1968 forma parte del Simposio Internacional de Escultura del Año Olímpico. Realiza entonces la Estación no. 1, Señal, para la Ruta de la Amistad en la Olimpiada Cultural México 68. Su pieza se destinará a un paraje destacado en el escenario de la autopista cuando es ubicada al sureste de la glorieta de San Jerónimo, en el cruce con anillo Periférico.
Una mariposa para Ángela
DESDE EL ALMA DE SUS MANOS, BROTA/ MUCHEDUMBRE DE PUEBLOS; LÚCIDAS/ CIUDADES PROFÉTICAS REVELA,/ Y HACE QUE LA PIEDRA SE DESPLIEGUE/ EN RACIMOS DE ALAS; RECONCILIA LAS SUCESIONES DE LAS OLAS,/ Y EN FONDOS AÉREOS ASEGURA EL ENGARCE AL CÁLIZ DE LA FLAMA.
RUBÉN BONIFAZ NUÑO, ibídem.
En aquel depósito, la piedra esperaba a Ángela. Una gran masa de ágata veteada que cercenada en delgadas láminas sería destinada para la decoración de baños. De mármol azul-verde, la materia se le presenta a Ángela con la contundencia de su peso, con la luminosidad de su color y transparencia. Sintió que debía llevársela y protegerla; aquella intuición era como una gran laja que le caía en los pies. La escultora suplica que le dejen el bloque entero para trabajarlo. Lo logra y aquel material queda guardado durante los siguientes veinte años. ¡Cómo Ángela!
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Dos décadas el material aguarda, empolvado, matriz sin idea. Un día llega la nieta de Ángela y trae entre sus manos una mariposa muerta. De esas negras y grandes que mal dicen, dan mala suerte. Mariposa de buen augurio, en el momento en que la sorprende la mirada de la escultora transvasa de existencia y la roca toma la forma que le venía prometida desde hace un par de lustros. Verde como los ojos de su creadora, la mariposa de Ángela vuela. Brillo de energía, la palomilla ahora no deja de revolotear. Así, donde el mármol contradice la necesidad de la caída es en las obras de Gurría. |
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Ángela asegura que:
La piedra siente; la piedra es. Ahí está vibrante de vida: de color, manera y luz. A mis piezas, yo sólo las concibo en mi cabeza y digo: No hay tiempo que perder. Un instante de creación es la eternidad. No hay nada más en el mundo. Eso ya lo sabemos. Lo que pasa es que yo ya solamente tengo tiempo para lo que tengo que hacer. De estudiante, cuando le dije a Justino Fernández -que me daba clase de arte moderno en la Facultad de Filosofía y Letras-, que quería ser escultora me dijo: Deje todo y póngase a trabajar. Supo que para la escultura no sólo se necesita ingenio sino ingeniería, es otra ciencia: los pesos, el equilibrio, las estructuras tienen una lógica matemática. Y había que conjugarlo con el cariño: Me decían mis maestros: acaricie el barro.
Entonces, los materiales como materias de un curso intensivo que durará toda la vida se adueñaron del trabajo de Ángela: bronce, acero, mármol, cantera, cerámica, hierro, piedra volcánica y obsidiana la materia es para tocarse.
Vivir con un guapo
Y TRANQUILA EN EL DESORDEN, ELLA/ CONVOCA LA MÚSICA, REMANSA LAS CONVULSAS TELAS ESPECIALES/ CON ESPIRALES CENTROS, FIJOS COMO CLAVOS DE CABEZA DE ORO.
RUBÉN BONIFAZ NUÑO, ibídem.
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Ángela vive en una casa de techos altos y vigas que son abrazadas por jardines colgantes. Las raíces angelinas no sólo están en el suelo de aquel perímetro sino que se amarran como lianas de acero a las paredes y vigas de un hogar que más que muros macizos tiene una cualidad vegetal. Ahí conviven, en plena libertad, objetos, animales, plantas y esculturas. Habitantes queridos de la artista a los que les concede plena autonomía y decisión. Todo en esa morada es entrañable: desde sus cuadros, hasta una «cajita» musical que quién sabe que gigante extravió. Bajo la misma luz, Ángela cohabita con un gran árbol, un grandísimo ser al que ella llama «el guapo de la casa». Hermoso y vanidoso, fresno de vetas robustas que alcanzan el cielo, en el momento en que ella lo piropea, aquel cafiverde se expande y resplandece.
Ángela tiene un pacto con su casa. Es un trato entre amigas, entre compañeras cósmicas. No te pasará nada mientras yo viva. Mientras tú vivas a mí no me pasará nada. Agrega la escultora: bastante hace ella con conservarse. Yo también hago lo mío.
Es la guarida de su obra y de la obra de otros artistas: Leandro Izaguirre, Mardonio Magaña, Jean Charlot, Pablo O’Higgins, Juan O’Gorman, Jesús Guerrero Galván, Ricardo Martínez; en especial piezas de su gran amigo Luis García Guerrero, de frutas suspendidas, esmeros de técnica y surrealidad. También cerámicas, rarezas de lámparas e instrumentos musicales: Me consuela saber que aunque de madera; esta mandolina no la hicieron de un ser vivo. Estas guitarras están hechas de una madera completamente seca. El árbol, entonces, tuvo que ya estar muerto.
En aquella estancia un retrato de la escultora relata una historia singular. Joy Laville y Jorge Ibargüengoitia le habían traído de Londres un espectacular vestido rojo. De tela suave y espléndida, de corte imperio, lo que resaltaba era aquel color sanguíneo. Fue la alegría de la artista. Ángela asegura que aquel atuendo coloreaba a su modelo y todo lo que le rodeaba.
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Cuando me lo ponía, hasta los sesos los traía color carmesí. Varias capas grana le llegaban hasta el tobillo. El rúbeo dechado contenía un discreto escote que provocaba hacerle frente al mundo con sanguino señorío. Alzaba el cuello y, claro, se sentaba cual odalisca caprichosa en el sillón que fuera en ese momento receptáculo de senda mujer y atuendo encendido.
Cuello de garza y emoción de reina, Ángela pintada por Laville exhibe sus senos con grandes pezones color café oscuro. ¡Pero si no soy así! En algún momento reclamó la escultora a la pintora de la levedad. El cuadro guarda todo el estilo de Laville: texturas y tonos incautos; infinitos matices; colores esmerados en una superficie plana. Un florero repleto de candor.
Joy Laville interpretó a su amiga con el esbozo como rango estético. De una sabia poética tonal, ahí está una Ángela, que ya lo sabemos, es naturaleza exaltada. Ahí están ella y su obra para comprobarlo.

[1] Ángela Gurría | Mariposa nocturna | 2001-2002 | mármol | 79 x 86
x 6 cm | Colección particular
[2] Maqueta para Señal, Estación No. 1 de la Ruta de la amistad | 1968 |
Hierro | 165 x 79 x 20.5 cm | Colección particular
[3] Paisaje | 1981 | Acero con base de piedra | 180 x 30 x 15 cm | Colección
Academia de Artes, CONACULTA |
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