HÉCTOR PALHARES MEZA | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

Para la maestra Cristina Meza, mi madre

En 1910, Porfirio Díaz se sentaba por séptima vez en la silla pre-
sidencial: no sólo tenía un poder absoluto sino vitalicio
[…] los revolucionarios no se desvelaban por ello: la legitimidad del nuevo Estado no provendría de las urnas de la democracia sino de las legendarias balas de la Revolución.


ENRIQUE KRAUZE

 

En marzo de 1908, en uno de los salones del Castillo de Chapultepec desde el que se apreciaba la panorámica del milenario bosque de ahuehuetes, don Porfirio comentó al periodista norteamericano James Creelman:

Puedo dejar la presidencia de México sin ningún remordimiento, pero lo que no puedo hacer es dejar de servir a este país mientras viva […] He esperado pacientemente porque llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar a sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país. Creo que, finalmente, ese día ha llegado.

La entrevista Díaz-Creelman fue publicada –hace exactamente un siglo– con el título de El Presidente Díaz. Héroe de las Américas en el Pearson’s Magazine en Norteamérica y en El Imparcial en México. Las palabras del viejo dictador encenderían los ánimos del pueblo mexicano luego de un complejo y contradictorio gobierno de más de tres décadas de vida.

Porfirio Díaz Mori nació el 15 de septiembre de 1830 en Oaxaca. Hijo del curtidor de pieles José Faustino Díaz, y de Petrona Mori, quedó huérfano de padre a la edad de tres años. Su madre veló entonces por su educación y promovió el aprendizaje de oficios menores.




 



Cuando cumplió trece años ingresó al seminario de la ciudad natal. Hacia 1854-55, luego de la Revolución de Ayutla, se convirtió en subprefecto de la población de Ixtlán. Después lucharía en contra de los conservadores en las guerras de Reforma, alcanzando el grado de jefe político de Tehuantepec y más tarde el de coronel en Juchitán.

Con la invasión francesa (1863-1867) volvió a las armas, en donde destaca su participación en las batallas de Aculzingo y en la toma de Puebla. Con la República Restaurada, se opuso a la reelección del presidente Benito Juárez a través del Plan de la Noria y se retiró un tiempo a la pacífica ciudad de Tlacotalpan, en Veracruz.

 

Volvería a la capital para organizar la resistencia en contra de Sebastián Lerdo de Tejada a través del célebre Plan de Tuxtepec. Hacia 1876 ocupó por primera vez la presidencia de la República. El historiador Luis González y González apunta: A partir de 1877 la consigna pública será: antes que nada, pacificación y orden; en seguida, progreso económico, y por último, libertades políticas siempre y cuando fueran compatibles con las ideas de disciplina y desarrollo.

La primera mitad del siglo XIX significó para México un largo proceso de ajustes y reajustes para lograr la vuelta al orden político. Tras la independencia de España en 1821, la nación había sorteado guerras civiles, pérdida de territorio, invasiones militares y un endeudamiento con las potencias extranjeras. Como colofón de estos sucesos, el régimen de Porfirio Díaz (1877-1911) representaría un periodo de paz y progreso material sin precedente. En palabras del científico José Yves Limantour, ministro de Hacienda: El general Díaz fue, sin duda, el creador del México moderno. Después de sesenta años de agitación que precedieron a su administración, él llevó al país a un estado de progreso que no superaba ninguno de los países de América Latina.
 

 

El régimen porfiriano fue reconocido por los Estados Unidos en el año de 1878. Amén de la pacificación de la sociedad mexicana, el nuevo gobierno sería líder de un amplio programa de desarrollo económico a través de la construcción de vías férreas, trabajo en las haciendas, usufructo metalúrgico, auge comercial, inversión extranjera y apoyo a las instituciones bancarias. Sin embargo, los destellos porfiristas tenían otra cara que revelar: la falta de justicia social y los abismales contrastes que determinaban la explotación y expoliación del campesinado y el proletariado mexicanos, como lo describe crudamente John Keneth Turner en su emblemática obra México bárbaro.

En palabras del historiador Enrique Krauze:

En 1910, el campo de México era una constelación de haciendas, unidades autárquicas que no pocas veces usurpaban la propiedad de los pueblos, concentraban al cincuenta por ciento de la población rural y acaparaban más de la mitad de las tierras […] En 1910, existía la percepción de que Díaz había entregado los recursos de México al extranjero. La Revolución reaccionó propiciando un reclamo de afirmación nacional tanto en la esfera económica como en el ámbito cultural: México para los mexicanos.

El México moderno se cristalizaba en las fiestas del Centenario de la Independencia en septiembre de 1910. La proyección internacional del régimen era celebrada de forma entrañable, como suscribe François-Xavier Guerra: El general Díaz, patriarcal pero siempre sólido, recibía el homenaje de las naciones y de su pueblo. Coexistiendo con los grandes festejos, el clamor popular revolucionario se erguía bajo la directriz de los primeros grandes caudillos. Las huelgas de Cananea y Río Blanco, apenas unos años atrás, así como el conflicto minero de 1909, revelaron que la estabilidad del sistema ya no podría sostenerse indefinidamente. González señala que para entonces el futuro presidente Francisco I. Madero volvió de su exilio texano en vísperas de aquella primavera mortal para el Porfiriato.

El Centro de Estudios de Historia de México CARSO conserva el documento que es portavoz de lo que aconteció a la política nacional en mayo de 1911:

La Cámara de Diputados del Congreso de los Estados Unidos Mexicanos, en ejercicio de la facultad […] decreta: Artículo 1°. Se admite la renuncia que hace el C. General de División Porfirio Díaz, del cargo de Presidente de la República que el pueblo mexicano le confirió en las elecciones verificadas el día 11 de julio de 1910. Artículo 2°. Se admite la renuncia que hace el C. Ramón Corral, del cargo de Vicepresidente de la República que el pueblo mexicano le confirió en las elecciones generales á que se refiere el artículo anterior. Artículo 3°. Llámese al C. Licenciado Francisco L. de la Barra, actual Secretario del Despacho de Relaciones Exteriores, para que preste la protesta de ley como Presidente interino de la República.

Entre los firmantes del documento, Vicente Villada Cardoso, hijo del antes célebre gobernador del Estado de México, José Vicente Villada, convoca a Francisco León de la Barra para jurar la protesta constitucional como primer mandatario en la Cámara de Diputados.

 

 

Porfirio Díaz se embarcó rumbo a Europa a fines de mayo de 1911 en el buque alemán Ipiranga. Tras de sí, una ola de enfrentamientos militares daría nuevos significados a la historia de México. El exiliado dictador murió en julio de 1915 antes de cumplir los 85 años de edad. Sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse en París, bajo la custodia de un águila que devora a una serpiente.

 



 


[1] Vicente Villada Cardoso, et. al. | Oficio mecanografiadodonde se aprueba la renunca de Porfirio Díaz como presidente y de Ramón Corralcomo vicepresidente de la República Mexicana | 25 de mayo de 1911 | Fondo CLXXXV. Col. adquisiciones diversas Centro de estudios de Historia de México CARSO
[2] Anónimo | Don Porfirio Díaz | 1905 | Impresión fotográfica | 29.1 x 18.9 x 2.3 cm
[3] Francisco De Paula Mendoza | 2 de abril de 1867. Entrada del general Porfirio Díaz a Puebla | c 1907 - 1910 | Óleo sobre lienzo | 126.5 x 199 cm
[4] Anónimo | Porfirio Díaz | c 1900 | Gouache sobre lámina de marfil. Marco de madera recubierto con lámina de marfil taraceado con carey, marco interior de latón, vidrio convexo | 7.9 x 6.6 cm


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