GABRIELA HUERTA TAMAYO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

 

El cuerpo siempre ha sido tema principal para la escultura. En las representaciones modernas ha sido fragmentado, ensamblado, deformado o se atraviesa con vacíos. Durante el repliegue de valores humanistas del siglo XX, maestros como Brancusi, Miró, Moore o Barbara Hepworth, entre otros, recorrieron la vía de la abstracción de formas escuetas, flexibles, de bloques ovoides… masas biomórficas, orgánicas, como nuevos caminos para la plástica.

VACÍO PROTECTOR

En 1966 cuando el artista inglés Henry Moore realizó Anillo con tres agujeros, ya era un reconocido escultor, distinguido por las numerosas comisiones públicas desde 1928. Para los años treinta había experimentado con formas geométricas, sin abandonar las referencias a la figura humana y a la naturaleza. Lo abstracto, decía, se vuelve más una cuestión de ingenio que una experiencia humana fundamental. Desde entonces el recurso de observar guijarros, conchas, huesos, nubes, raíces, montañas… para encontrar los principios de forma y ritmo de la naturaleza le fue imprescindible. Trabajó madera, mármol, plomo, piedra, bronce y fibra de vidrio.

En los cuarenta, los grupos escultóricos con el tema de la familia creados por el artista inglés sedujeron a coleccionistas y públicos amplios.



 

Su prestigio creció con la exposición retrospectiva en el Museo de Arte Moderno –MOMA– en Nueva York en 1946 y el premio de escultura en la Bienal de Venecia en el 48. Una década más tarde amplió los procedimientos experimentales y abordó temas más íntimos. De este periodo son sus figuras femeninas reclinadas, tópico que no abandonaría más –destaca entre ellas la de la UNESCO en París–. En los sesenta, fragmentó los volúmenes y marcó relaciones entre los elementos del cuerpo con el paisaje (Lincoln Center, Nueva York, 1963-1965). La obra abstracta de este intervalo mantuvo su espíritu orgánico, y el artista prefirió tallarlas en mármol. En las siguientes décadas seguiría esculpiendo y se abocaría al dibujo para el grabado y la litografía.


Por la palpitación orgánica y el humanismo que posee, su obra alcanza una elocuencia capaz de sensibilizar a muy amplios sectores del público –observaba Raquel Tibol, en la revista Proceso de 1982, con motivo de la exposición que el Museo de Arte Moderno en la Ciudad de México presentaba del maestro inglés–. Pero a la vez contiene muchos elementos de un arte que dialoga con el arte mismo. Aun en este aspecto la obra de Moore es abierta, todo está a la vista para quien quiera, sepa o pueda verlo. No es difícil acceder a sus ideas hechas forma.

Los huecos son rasgos esenciales de su obra: no aluden a un inconsciente o falta, como en el arte surrealista. Los vacíos en sus mujeres y grupos familiares son protectores; anidan a los niños que juegan en ellas y son sólidas. Un trozo de piedra –pensaba– puede estar atravesado por un agujero y no quedar debilitado, siempre y cuando el agujero sea de un tamaño, un contorno y una dirección estudiados. Por el principio del arco, puede permanecer igual de fuerte. El primer agujero hecho en un trozo de piedra es una revelación.

La experiencia de la dos Guerras Mundiales, los encargos que recibió de la ONU y su distancia de las tendencias artísticos que aceptaban la industrialización –aunque reconociera con actitud ambivalente, el avance científico, como en Atom Piece, Universidad de Chicago, 1964–, lo ubican en una posición humanista a favor de la paz, la convivencia y la naturaleza.

La figura a las formas sencillas. El espectador descubrirá planos y perspectivas diferentes, su dinamismo, y los ideales alternativos en un mundo tecnológico, integrados –como sus esculturas con el entorno– a las ciudades modernas.

ANILLO DE PLURALIDAD

Moore se dedicó casi exclusivamente a la figura femenina. Volúmenes elementales, redondos, afirman la asimetría natural que demanda un espectador que rodee las obras para descubrir sus perspectivas desiguales. El artista inglés reelaboró, como pocos, su pasado y presente –Arp, Picasso, Brancusi, Epstein, Gaudier, la escultura maya, entre otras muchas influencias– en claves de lo macizo y lo vacío.

 

La escultura Anillo con tres agujeros de 1966 nació –a diferencia de la gran parte de sus obras– de un problema que tomó como formal y lógico; el mismo artista recuerda que debía ser un anillo con tres agujeros, que puede llevarse de tres maneras, con el dedo atravesando un par, cualquiera de ellos. Sería un regalo para su única hija, Mary, que entonces alcanzaba los veinte años de edad. Según el crítico David Sylvester, los dos primeros intentos del artista fallaron; la solución le llegó al ver que tres aros que dejaba rodar se acoplaban. Luego decidió hacer un grupo con tres anillos de este hallazgo. Cada uno estaba ubicado en una posición diferente y rozando la superficie de otro. Talló en mármol rosa aurora una versión mediana (99.7 cm), sita en la colección Gordon Bunshaft y Sra., en Nueva York, y otra monumental en mármol travertino rojo (269 cm) para la colección de Robert Levi y Sra., en Maryland, EE.UU.

Una escultura –decía– tiene que ser como la naturaleza: la naturaleza viviente, no un tipo de naturaleza estática. La naturaleza orgánica, o como se la quiera llamar, es distinta desde todos los lados. Y eso es lo que creo que debe ser la escultura para que mantenga constantemente su interés. La forma de Anillo con tres agujeros es desigual en todos sus lados y permite colocarse en posiciones diversas. Su autor subraya que: La asimetría [….] está relacionada con el deseo de lo orgánico (que yo tengo) más que de lo geométrico. En escala más íntima, en mármol blanco y con una superficie delicada, la obra de Museo Soumaya es un útero fértil. Como decía Moore de la escultura en general, contiene en su interior su propia energía orgánica que pugna por salir. Vida que se produce por la tensión de sus diferentes puntos de vista y sus masas disparejas, con la esperanza de fecundar esa misma pluralidad. Ser artista, declaraba, es creer en la vida.




 

Henry Moore

Anillo con tres agujeros | 1966 | Porcelana blanca | 27.5 x 33 cm
Figura reclinada | 1974 - 1976 | Lápiz y tinta sobre papel | 17.2 x 25.2 cSm

 



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