ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN

Testigo de uno de los virreinatos más importantes del Nuevo Mundo llegó a Museo Soumaya esta obra peruana de mediados del siglo XVII. Escena histórica como los especialistas españoles han nombrado desde principios de siglo XX a este óleo luminoso, y lo han atribuido a un gran artista de la Escuela cusqueña, guarda una doble lectura: la histórica y la mística devocional que abrazaron los pueblos americanos.

De origen indio, Diego Quispe Tito, nació en San Sebastián, Cusco en 1611. Es considerado un extraordinario maestro del Perú, y aunque se le han adjudicado sin sustento académico una gran cantidad de obras manieristas, sus cuados autógrafos se reconocen por el dibujo preciso y buen colorido. Los testimonios documentales respecto de su obra son escasos. Su pintura más antigua está fechada en 1627. Quispe Tito fue seguidor de Gregorio Gamarra, quien a su vez fue discípulo del padre Bernardo Bitti.

Influenciado por el Manierismo con ecos de Leonardo, Rafael y Miguel Ángel, después encontró nuevos temas y composiciones en las estampas flamencas del amberino Hyeronimus Wiercx (1533-1619) o Ferdinand Bol (1616-1680), que circularon por América desde los últimos años del siglo XVI y que inspiraron tanto a las pinturas del templo de  Atotonilco en México, hasta las de Andahuaylillas en el peruano Quispicanchi.

Ejemplos característicos de Diego Quispe, como la Serie del Zodíaco, se pueden observar en la Catedral de Cusco; El juicio

final es conservado en el convento cusqueño de San Francisco; y los delicados lienzos sobre la vida de san Juan Bautista se resguardan en el templo de San Sebastián de misma ciudad.

UNA ESCENA. DOS LECTURAS

A las puertas de una ciudad amurallada imaginaria, de traza manierista, dibujada con precisión, al borde del mar, cinco personajes, con lazos carmesíes en diversas partes de su vestimenta, rodean a una joven elegantemente vestida, con ropaje brocado de forro rojo, pendientes y lazos encarnados en el pelo. Estas palabras del doctor Alejandro Massó describen la escena principal. Una secundaria muestra a la misma dama subiendo por un tablón que la llevará a una barca en la que dos remeros la aguardan para trasportarla a un magnífico galeón en un tercer plano, amarrado a la costa con ancla y maroma, que ostenta banderas españolas con la cruz de san Andrés o de Borgoña. Como apunta Massó, estas banderas se utilizaron hasta mediados del siglo XVIII, cuando Carlos III adoptó la actual para el uso en la marina, por su mejor visibilidad en la lejanía.


A mediados del siglo XVII, la imagen pública de la nobleza incaica comenzó a cobrar fuerza en el Cusco, apunta el investigador Ramón Mujica Plinilla. Tras la ejecución de Tupaq Amaru I, su hermano, Sayri Tupac I, fue líder del imperio inca. Entre los episodios más sobresalientes de los primeros años de la era virreinal figura la boda concertada entre su hija, la Ñusta (infanta) Beatriz Clara Coya y el sobrino-nieto de Ignacio de Loyola, el capitán de guardia y futuro gobernador de Chile, Martín García Óñez de Loyola. Este último capturó a Tupaq Amaru I en la ciudad secreta de Vilcabamba, descubierta en 1991, al noreste de Machu Picchu.

Tras el matrimonio, doña Beatriz heredó lo
s inmensos territorios del Tahuantinsuyo, y los esposos los cedieron a la Corona española. A cambio de la generosa aportación, Felipe II les otorgó el marquesado de Oropesa de Cusco, con Grandeza de España de Primera Clase, título honorabilísimo que los convirtió en Primos del Rey.

Como señala Massó, actualmente los herederos de esta casa son los duques de Alburquerque. En el templo de la Compañía de Jesús de Cusco se encuentran dos pinturas que dan cuenta de este enlace; en una ellas la cartela dice: Con este matrimonio emparentaron entre sí y con la real casa de los Reyes Yngas del Perú las dos casas de Loyola y Borja, cuya sucesión está oy en los Excelentísimos Señores Marqueses de alcañices, Grandes de Primera Clase.

Si bien la pareja nunca viajó a Europa, su hija y única heredera doña Lorenza, segunda marquesa de Oropesa del Cusco, primera grande de España Mestiza, contrajo matrimonio con Juan de Borja, hijo de san Francisco de Borja y duque de Gandía. Debido a la presencia de gallardetes y banderas,  la obra hoy en el Soumaya refiere el momento de partida rumbo al Al-andalús, con protección real para ceder, por añadidura, sin derramamiento de sangre las riquísimas tierras incaicas al imperio español. En palabras de Massó: La circunstancia bien merecería un cuadro como éste.

Don Alfonso Pérez Sánchez, director emérito del Museo del Prado, quien también asesoró la compra de este cuadro, sugiere una interpretación distinta, pues Diego Quispe Tito pintó escenas bíblicas integradas a la vida cotidiana virreinal. En los lienzos de San Juan Baustista de Huaro y en la Parábola del hijo pródigo del Museo Histórico regional de Cusco –como apunta Pérez Sánchez– es imposible identificar a los personajes, pues no hay la más leve alusión a lo trascendente o hagiográfico. De este modo, el esteta opina: yo no tengo duda, la doncella es santa Úrsula, y hay testimonios, si bien escasos, donde no se acompaña de sus compañeras, que como la santa dieron la vida por defender su fe.

Los lazos rojos evocan al amor que emana del corazón de Cristo. El galeón inglés llega a tierra firme y los embajadores del rey Eterio que rodean a Úrsula, le piden matrimonio. Al preguntarle al especialista por qué Diego Quispe Tito no colocó nimbos, palmas o algún atributo que distinguiera a la santa germana, él respondió: El pasaje relata un episodio cuando Úrsula aún no se ha convertido en santa. Es una doncella bretona y no tendría porque tener algún halo luminoso, basta recordar varios lienzos americanos con similar representación. Aunque no abundan escenas como ésta y casi siempre se presenta a Úrsula acompañada de una o varias damas, el Viejo Continente también conserva ejemplos donde no se distingue la iconografía tradicional de la santa. En la Alcaldía de la pequeña ciudad alemana de Rothenburg ob der Tauber, en el distrito de Baviera, se encuentra una talla en madera similar, donde también se enfatizan la presencia tanto de de las embarcaciones extranjeras como la de los embajadores que insten en concretar el matrimonio.

Las discusiones en torno a esta Escena histórica –pintada hacia 1650, cuando Cusco fue destruido por un terremoto– muestran la riqueza interpretativa de las obras que en palabras de Umberto Ecco, siempre están abiertas a nuevos diálogos.

Gracias a la intercesión de los destacados y entrañables asesores de Museo Soumaya, Alejandro Massó y Alfonso Pérez Sánchez, por primera vez un acervo mexicano cuenta con una obra vinculada a este pintor indígena de cosmovisión sincrética que desde la América andina ilumina el arte de los reinos de ultramar.

 

Santa Úrsula y las once mil vírgenes

Hija de Noto, un rey bretón, Úrsula quien creció cobijada en el cristianismo, rehusó casarse con un monarca  pagano. Después de tres años de convivencia y esfuerzos de la princesa por mostrarle los misterios de la fe a Eterio o Étereo, ante la insistencia del matrimonio, Noto decidió proteger a Úrsula y enviarla a Inglaterra junto con diez amigas.

La santa y sus compañeras que abrazaron el voto de castidad emprendieron un viaje fluvial que las llevó hasta la ciudad germana de Colonia, donde martirizadas, murieron ante los godos que insistían en que adoraran a falsos dioses.

En 1155 se descubrió en Colonia el templo de santa Úrsula. Una inscripción  del siglo III daba cuenta del martirio de varias doncellas. La mala traducción hizo de las siglas «XIMV», aumentar exorbitantemente el número de mujeres inmaculadas de once a mil: «XIM» once mil, en una equivoca numeración romana; y «V», Vírgenes; en lugar de «XI», once; «M», Mártires; «V», Vírgenes.

 

 


Diego Quispe Tito, atribuido | Escena histórica | c 1650 | Óleo sobre lienzo | 114 x 147.5 cm



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