Hacia el año de 1900 ingresó al Instituto Politécnico de Atenas, donde pintó una primera naturaleza muerta. Luego del fallecimiento de Evaristo, se trasladó con su madre y hermanos a Italia. En 1911 llegó a París, y al año siguiente expuso en el Salón de Otoño. Por aquella época conoció a Guillaume Apollinaire –iniciador del movimiento surrealista–, con quien tuvo una fecunda amistad, que dio lugar a su participación dentro del Salón de los Independientes en 1913. Ese año vendió su primer cuadro, La torre roja (1913), a Olivier Senn, habitante de Le Havre, trabajo que hoy forma parte de la colección Peggy Guggenheim en Venecia.
Más tarde daría inicio la correspondencia con Giovanni Papini, Tristan Tzara y Carlo Carrá, y sus vínculos con el arte de vanguardia. Con Carrá expuso en Milán hacia el final de la Primera Guerra Mundial. En 1920 publicó dos textos: Sobre el arte metafísico y El regreso al oficio. Cuatro años después conoció a la que sería su esposa, Raissa Gurievich Krohl. En las siguientes décadas su carrera lo llevó al teatro y a la ópera con proyectos de escenografía y de diseño de vestuario, para obras de Stravinsky y Rossini, entre otros.
En 1935, luego de exponer en Europa llegó a Nueva York:
Con las primeras luces de la mañana aparecieron en el horizonte los rascacielos de Wall Street; pensé en Babilonia […] No se veía el sol; hombres y cosas habían perdido su sombra; una luz difusa, una luz de estudio fotográfico, estilo fin de siglo, amenazaba por todas partes […].
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UN CLÁSICO MODERNO
Tuvo el sentimiento de percibir las cosas con mirada cristalina que le permitió penetrar en sus esencias.
TERESA DEL CONDE
Como apuntan los investigadores Mauricio Calvesi y Gioia Mori, De Chirico abordó los temas del pasado a través de las pautas que encontró en la metafísica. Esa suerte de alter ego de la naturaleza fue creada y recreada por el maestro en sus universos, donde lo mismo transita un ferrocarril solitario de soledad que las sombras de los que aparentemente se han marchado.
Ávido lector de los filósofos alemanes Schopenhauer y Nietzsche, sostuvo que apartar la lógica de la vida diaria era una forma de transformar el arte. El sin sentido del mundo esconde un sentido más profundo y sin embargo indescifrable, “metafísico”, que no puede ser descrito, sino sólo revelado por una imagen que el artista tiene el poder de fijar, señala Calvesi.
Enigma de una tarde de otoño de 1910, fue la primera obra metafísica de Chirico. Inspirada en la escultura de Dante Alighieri de la Plaza de la Santa Cruz en Florencia, presenta una gama de colores inflamados a través de la segmentación de planos, con resabios de la perspectiva de los primitivos italianos –como Giotto o Piero della Francesca.
Voces del pasado y del presente comulgan en las atmósferas casi espectrales del pintor, donde la naturaleza muerta vive en torsos escultóricos que yacen en el primer plano de sus obras. La superposición de estilos y líneas, en juego casi ilusorio, acercan y alejan a las figuras del ojo del espectador. |