ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN

La Revolución Francesa conllevó una serie de hechos que transformaron radicalmente el discurso de los pueblos modernos: la famosa Toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en agosto, y dos años más tarde la jura de la Constitución de Francia por Luis XVI.

Mientras tanto el imperio español estaba a la deriva con un Carlos IV tan ajeno a los asuntos políticos, que recibió el mote del Cazador. En un intento por evitar los contagios de aquellas ideas ilustradas, España cerró sus fronteras.

Cuando el gobierno galo anunció la abolición de la monarquía y posteriormente pidió a España el reconocimiento de la República, Carlos IV nombró como Ministro Universal, en noviembre de 1792, a un joven de apenas 25 años apoyado por la reina María Luisa de Parma: Manuel Godoy.


 

Nada pudo hacer la monarquía española para evitar que la Convención enviara a Luis XVI a la guillotina el 21 de enero de 1793. España se sintió obligada a declararle la guerra a la República Francesa y se organizaron tres ejércitos que invadirían aquel país.

La conspiración de Fernando, príncipe de Asturias, en contra de su padre, se sumó a los fracasos militares, a los pactos donde Napoleón Bonaparte logró consolidar su imagen en Europa, a la venta de la Luisiana para frenar la expansión de los ya independientes Estados Unidos, a una guerra a la que fueron arrastrados contra Portugal, a la pérdida de islas caribeñas y a los frecuentes ataques corsarios a los barcos españoles.



El 27 de octubre de 1807 se firmó el Tratado de Fontainebleau. Napoleón y Godoy planearon atacar Portugal y dividirlo en varios reinos, uno de los cuales –el Algarve– sería del propio Godoy. España se comprometió a dar paso libre a las tropas francesas y en pocos días cincuenta mil soldados habían entrado en territorio ibérico. Napoleón cambió de estrategia y, a partir de febrero de 1808, ocupó sin mayores dificultades varias plazas españolas. En marzo le dio el cargo de jefe de los ejércitos franceses a su cuñado Joaquín Murat, y el número de soldados aumentó a cien mil.

Godoy, ante la gravedad del problema, buscó la salida de la familia real a Sevilla, no obstante, el pueblo descubrió la huida y la retuvo en Aranjuez. Ante el motín, Carlos IV abdicó en favor de Fernando.

 

 

Pronto se arrepintió de la renuncia e incluso le escribió una carta a Napoleón donde pedía ayuda en contra de su hijo. Mientras los invasores franceses ocupaban España, la gente apoyaba al príncipe como su legítimo rey. Fernando VII se había ganado el título del Deseado, y pese a que Carlos había firmado un manifiesto en el que declaraba nula la abdicación, trató de que Francia consintiera al nuevo monarca.

Napoleón fingió que reconocía a Carlos IV, por lo que Fernando buscó la forma de entrevistarse con él. Apenas cruzó la frontera, se le prohibió regresar a España y fue obligado a abdicar en favor de su padre. A poco, éste desistió del trono en beneficio de Napoleón, quien a su vez lo cedió a su hermano, José Bonaparte, y toda la familia real española fue llevada a la fuerza a la ciudad francesa de Bayona. Mediante los estatutos firmados en aquella ciudad el 8 de julio de 1808, Napoleón cedió los reinos de España y de las Indias Occidentales a su hermano. El nuevo rey no fue querido en la península y se le aplicó el sobrenombre de Pepe Botella, con base en su supuesto alcoholismo; sin embargo, de acuerdo con sus biógrafos, todo indica que era más bien abstemio o que se cuidaba de no beber en público.

La ausencia de un monarca español en el decadente imperio fue aprovechada por los liberales que pronto buscaron también redactar una constitución. En veinte años cambió la realidad ibérica, y por supuesto, Nueva España no fue ajena a la vorágine de acontecimientos. Para sostener tantas guerras se requirieron grandes sumas de dinero; las colonias en definitiva no querían empobrecerse y menos por mantener a la Madre Patria.
 

El contundente bando emitido por Fernando VII, dirigido desde el extremo andaluz al pueblo de Madrid el 29 de mayo de 1808 –que resguarda el Centro de Estudios de Historia de México CARSO – da cuenta de los trágicos sucesos que atraparían los pinceles de Francisco de Goya y Lucientes: el intento desesperado de los madrileños por evitar la partida clandestina de sus majestades bajo la custodia del ejército napoleónico; les costaría la vida. A doscientos años aún resuena la indignación del pueblo en la Puerta del Sol al descubrir la salida del miembro más pequeño de la familia real, Francisco de Paula: ¡Que os lo llevan!

Bayona es hoy responsable de la transformación americana. Bandos como éste se conocieron y discutieron en el Nuevo Mundo, y en reuniones secretas, además de aprender la cultura ilustrada, las sentencias Vuestra catástrofe, la sangre de Madrid clama Venganza o pelearemos como vosotros hasta morir enardecían al lector cada vez más indignado por un gobierno usurpador. Al mismo tiempo, nuestras realidades latinoamericanas demostraron que podía administrarse y regirse de manera autónoma. Cádiz, por su parte, escribió la primera constitución que rompió con la monarquía absoluta y así Madrid, México, Perú o Colombia la juraron en aras de su independencia…



Ficha técnica:
Bando de Fernando VII al pueblo de Madrid, Distintivo de banda encarnada, Sevilla, 29 de mayo de 1808, Fondo 287, Carpeta III, Legajo 174, Col. Lucas Alamán, Centro de Estudios de Historia de México CARSO.

 



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