El andrógino que refiere el Banquete platónico fue separado en sus dos mitades, sujetas a la consigna de reencontrarse y fundirse de nuevo en la unidad. La tradición bíblica parte de una división en que la mujer –símbolo de la primera sabiduría, según la Cábala– fue creada a partir de una costilla de Adán, su complemento. San Anselmo (1033-1109) escribió: No del pie como una criada, no de la cabeza como un ama, sino del costado como una compañera. Origen de la dualidad que, ajena a toda vergüenza y a todo pudor, fue dispuesta por Jehová en un escenario idílico; pletórico de flora y fauna, lugar en la tierra que refleja el amor de Dios. El Jardín de las delicias fue transgredido por la desobediencia de Eva y Adán quienes serían expulsados del Paraíso. Ante su desnudez, la conciencia de ser distintos; es ahí donde se encuentra la génesis del erotismo. Como apuntó Aristófanes en el Banquete: […] cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza […] en consecuencia el anhelo y la persecución de ese todo recibe el nombre de amor.

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HORTUS CONCLUSUS
El Jardín –del vocablo giardinium, lugar cercado–, representa para la investigadora Matilde Battistini un espacio sagrado, una dimensión iniciática distinta de la realidad cotidiana.
El Hortus conclusus o Jardín cercado simbolizó a la Virgen María y al Paraíso terrenal. Estado de perfección que tuvo lugar en el origen, donde se dominan las pasiones bestiales […] lugar de delicias, donde la imagen de la fecundidad se asocia al amor y donde las figuras se reúnen en torno a la fuente del amor, imagen laica de la del Paraíso, señala la investigadora Lucia Impelluso. El mismo jardín que luego resguardará a La dama y el unicornio en la serie de tapices franceses del siglo xv, y que exaltaron los grandes valores de la mujer medieval: pureza, obediencia y castidad.
El legendario Jardín del Edén ocupaba un lugar cercano al Golfo Pérsico, que hoy correspondería a la ciudad iraquí de Muallafat. De una fuente situada en el centro, símbolo de abundancia y plenitud, emanaban cuatro ríos que en los textos sagrados aparecen referidos como Tigris, Éufrates, Phision y Gehon.
El Jardín, rico en aguas benéficas y frondosos árboles frutales –zona del llamado otium o reposo primitivo y elevación del alma– era cercado; límite que Dios había dado al primer hombre y a la primera mujer. José Ricardo Chaves, en su ensayo Andróginos. Eros y ocultismo en la literatura romántica, suscribe: En la medida en que [el Jardín] tenga que ver con lo que ya no somos, entonces se coloca con los mitos de origen, con el reino de las causas, el tiempo antes de la caída, de la separación y consiguiente herida entre los sexos. |
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De todo lo bello creado por el Señor, en el Génesis (2:9-17) se lee: Y Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer […] De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás […]. El árbol en forma de horquilla, señal de la bifurcación de caminos por los que opta el alma, también alude a los cuernos de la bestia con los que suele aparecer representada la serpiente incitadora del pecado. La tabla de Lucas Cranach el Viejo (c 1520-25) de Museo Soumaya muestra a la pareja en el momento de la caída. Alfonso Miranda Márquez la describe así: El cabello ensortijado del primer hombre tiene continuidad en la cascada seductora de Eva. La serpiente con orejas, clara alusión al representante del Mal que penetra por los sentidos, observa el vértice que forman los dedos del pie derecho de Eva –como referencia al genital femenino– que se contrapone al pulgar del pie de Adán –con la correspondiente alusión fálica–. La mujer le entrega el fruto a Adán, quien parece ajeno al advenimiento de la fatalidad. |
LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO
[…] Y así cuando el deseo echa raíces en el cuerpo, la vida adquiere su sentido más intenso en la búsqueda de ese paraíso que resulta ser el cuerpo de la amada.
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Alberto Ruy Sánchez |
En el arte, el Jardín evoca la presencia del hombre en fértil escenario, donde germinan todas las especies de plantas. Axis mundi que enlaza los planos terrenal y celestial. El exegeta bíblico Paul Diel indica a este respecto: El árbol de la vida hunde sus raíces en la tierra […] y se eleva hacia el cielo. Lugar donde acontece la tentación de Eva –del hebreo hawwà, madre de todos los vivos–. Battistini opina que es el símbolo del pecado y de la transgresión del precepto divino, pero puede representar […] el deseo de conocimiento y el libre albedrío del hombre. El desafío de la serpiente con su astuto mensaje. Adán y Eva se miran desnudos, se reconocen diferentes y, por ende, buscarán volver a su origen divino a través de la fusión. Los opuestos-complementarios que constituyen la esencia de la dualidad que, por instantes, se reintegra.
Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida, narra el Génesis (3:24). Es el desamparo divino que lleva al hombre y a la mujer hacia la confrontación de sí mismos. La desnudez ha quedado atrás, explica la historiadora de arte Chiara de Capoa, y se recupera la dignidad perdida. El único árbitro es el Creador, Adán y Eva lo han comprendido. Él, con el trabajo duro a cuestas: ella, con el dolor del parto; entre ambos la serpiente se arrastrará por la eternidad y comerá el polvo del suelo.
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La salida del Paraíso, con el ángel blandiendo la espada de fuego que los arrojará al mundo de forma implacable, es a su vez la entrada a la intimidad cómplice que los lleva a buscar ser uno. La expulsión es, en opinión de Diel, […] el espanto del hombre ante sí mismo y ante sus abismos, es el espacio ante la vida que revela estar privada de sentido.
En los anónimos novohispanos y el peruano que conserva Museo Soumaya se cumple el ciclo narrativo del Jardín de las delicias. Desde la separación inicial: Y de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo una mujer […] Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne (Gen 2:22-24), hasta la pareja que se cubre con la incertidumbre de la vergüenza, sólo dispensada en la promesa del reencuentro.
Anónimo Peruano |
Génesis (detalles) |
Siglo XVIII | Óleo sobre lienzo|
45.7 X 84.5 cm
Anónimo | Eva naciendo de las costillas de Adán |
Siglo XVIII |
Talla en madera policromada y dorada. Ojos de cristal. Cojín de seda estampada |
19.5 X 12 X 6.5 cm
Lucas Cranach el Viejo | Adán y Eva |
c. 1520-1525 |Óleo sobre tabla |
86.9 X 59.7
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